Reportaje: Condenan a 18 meses de cárcel a terrorista israelí que asesinó a familia palestina

Amiran Ben Uliel , terrorista israelí que asesino a una familia palestina quemando la casa donde dormían

La excepcional condena a Amiram Ben Uliel por el asesinato de una familia palestina, incluido un bebé de 18 meses, en la ciudad de Duma, al sur de Naplus, llega oportunamente, tras la decisión de la Corte Penal Internacional de investigar los crímenes de guerra en la Palestina ocupada, como forma de manifestar que la justicia israelí funciona y su Estado no necesita de supervisiones externas. Sin embargo, Ben Uliel no es un caso único ni aislado, sino engranado en una política de odio y limpieza étnica que celebra estos asesinatos.

Los apologistas de Israel no han tardado en celebrar el veredicto del tribunal que condena a Ben Uliel por asesinato consumado y dos más en grado de tentativa, hasta el punto que la propia agencia de inteligencia, Shin Bet, conocida por sus métodos de tortura a los prisioneros palestinos, ya ha dicho que esta sentencia es “un hito importante en la batalla contra el terror judío”.

Otros se afanan en resaltar que Ben Uliel es un lobo soliario y no producto directo del racismo desbocado de Israel y el discurso violento dirigido contra el pueblo palestino. Los jueces también pusieron el acento en que el acusado actuó solo y no era miembro de ninguna organización terrorista.

Sin embargo Ben Uliel no es, en ningún sentido, un lobo solitario.

Cuando el terrorista israelí, junto con otros enmascarados, irrumpió en la casa de Saad y Reham Dawabsheh a las 4 de la madrugada del pasado 31 de julio de 2015, lo hacía con clara intención de elevar su imagen entre la sociedad racista y extremista que ha hecho del asesinato y la limpieza étnica de los palestinos una especie de misión divina. Y logró su objetivo: Ben Uliel no sólo mató a Saad y Reham, sino también a su hijo de 18 meses, Ali. El único superviviente fue Ahmed, niño de 4 años que sufrió graves quemaduras.

El asesinato de esta familia palestina, y del pequeño Ali en particular, se convirtió pronto en motivo de alborozo entre los extremistas israelíes. En diciembre de 2015, seis meses después del crimen, se hizo viral en las redes sociales un vídeo de 25 segundos que mostraba a grupos de israelíes celebrando la muerte de Ali.

Según noticia del New York Times, en el vídeo se veía una “habitación donde unos hombres con los tocados blancos y largos tirabuzones que llevan los judíos ortodoxos saltaban y bailaban de alegría (…) Dos aparecen acuchillando trozos de papel que la emisora de televisión identificó como fotografías del crío de 18 meses, Ali Dawabsheh”.

A pesar de que la policía israelí dijo que estaba “investigando” esta orgía de odio, ninguno de los participantes fue puesto ante la justicia. De hecho, los fiscales del Estado de Israel afirmaron después que habían perdido el vídeo original de los extremistas danzantes.

La celebración del terrorismo israelí ha campado a sus anchas durante años. Baruch Goldstein, que en 1994 mató a 29 palestinos mientras oraban en la mezquita de Al Khalil (Hebrón), es ahora tenido como un mártir moderno, un santo de proporciones bíblicas. Por eso no es extraña la impunidad con que el 19 de junio de 2018, los extremistas israelíes se burlaron abiertamente del abuelo de Ali a la salida de una sede judicial, cantando eslóganes como “¿Dónde está Ali? Ali está muerto, Ali está en la parrilla”.

Cuando la atrocidad del crimen es tan manifiesta, que fuerza su aparición en los medios internacionales, a Israel sólo le queda agarrarse al clavo del “terrorismo israelí” como forma de reinventarse a sí mismo, su sistema “democrático”, sus procedimientos judiciales “transparentes”.

Mientras tanto, los medios israelíes y sus afiliados en el resto del mundo hablan del “shock” y la “indignación” que sienten los israelíes que “respetan la ley” y “aman la paz”.

El asesinato de la familia Dawabsheh es uno de los numerosos actos de violencia perpetrados por israelíes extremistas y el ejército israelí contra palestinos inocentes. No hay más que echar una mirada rápida a los informes emitidos por la ONU para darse cuenta de que el bárbaro asesinato de esta familia no es una excepción, sino la norma.

En un informe de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU de junio de 2018, los investigadores revelaban un aumento exponencial de la violencia de los colonos israelíes contra palestinos, que normalmente queda impune. El grupo israelí Yesh Din, hizo un seguimiento de los pocos casos que fueron abiertos entre 2014 y 2017. De los 185 que alcanzaron el estadio final, sólo 21, o el 11,4% acabaron en el encausamiento de los perpetradores, mientras que otros 164 casos fueron archivados.

La razón es simple: los cientos de miles de colonos ilegales israelíes que han sido transferidos para colonizar de forma permanente los territorios ocupados, en crasa violación de la ley internacional, no operan fuera del paradigma colonial diseñado por el gobierno israelí.

De algún modo, ellos también son “soldados”, no sólo porque están armados y coordinan sus movimientos con el ejército israelí, sino también porque la expansión de sus asentamientos constituye el núcleo de la política de ocupación de Israel y su proyecto de limpieza étnica.

Y no lo ocultan. Hasta altos cargos del gobierno israelí han animado abiertamente al exterminio de las madres palestinas, como hizo la ex-ministra de justicia Adelet Shaked. Imaginemos la diferente repercusión internacional que habría tenido si esto lo hubiese pronunciado un cargo iraní, por ejemplo, contra las madres estadounidenses o europeas.

Por: Eva Lagunero

Fuente: Canarias Semanal