Opinión | Una Nakba Ambiental: El medio ambiente palestino bajo la colonización israelí

Antes de 1948 e incluso del Congreso Sionista de 1897, Palestina tenía unos trececientos pueblos y ciudades, cada uno con una población pequeña y manejable que vivía de manera sostenible con la naturaleza. La tierra era propiedad o estaba trabajada por el pueblo palestino, que era 85 por ciento musulmán, 9,2 por ciento cristiano y 5,3 por ciento judío. Esta estructura cambió radicalmente cuando la mayoría de los judíos europeos se movilizaron para la migración masiva a Palestina y comenzaron a asumir el control colonial de la tierra.

En su larga historia registrada, Palestina ha experimentado, en efecto, importantes cambios ambientales y demográficos, pero en realidad es sólo en el siglo pasado que estos cambios adquirieron una dimensión colonial. El más conocido de estos cambios es la eliminación forzosa de la población indígena, que alcanzó su punto máximo entre 1948 y 1950. Durante esos años, quinientos pueblos y ciudades fueron destruidos por las milicias sionistas, lo que dio lugar a la mayor oleada de refugiados después de la Segunda Guerra Mundial.

Pero las dimensiones ambientales de la Catástrofe, o Nakba, son poco comentadas. En 1967 Israel ocupó el 22 por ciento restante de la Palestina histórica, a saber, Gaza y la Ribera Occidental, y construyó asentamientos en todos estos territorios ocupados en contravención del derecho internacional (el Cuarto Convenio de Ginebra). Estas dramáticas transformaciones fueron perjudiciales para el pueblo y la naturaleza de Palestina. Aquí nos centramos en el medio ambiente y la sustentabilidad, una víctima de la ocupación colonial que a menudo se pasa por alto.

Impacto colonial en el medio ambiente


Una vez que Israel declaró su Estado en mayo de 1948, los árboles nativos (como robles, algarrobos y espinos) y los cultivos agrícolas (aceitunas, higos y almendras) fueron sistemáticamente desarraigados y sustituidos por pinos europeos. Estos pinos plantados redujeron la biodiversidad y dañaron el medio ambiente local. Los pinos desprenden hojas que son ácidas e impiden el crecimiento de las plantas de sotobosque. Estos árboles también son muy susceptibles al fuego debido a sus resinas.

De hecho, los incendios son ahora una ocurrencia común en las áreas en las que fueron plantados. Los árboles, sin embargo, no fueron los únicos objetivos de las prácticas coloniales de Israel. También se han confiscado recursos naturales, principalmente acuíferos de agua, a los palestinos. Ésto ocurrió a menudo construyendo deliberadamente colonias ilegales israelíes en las cimas de las colinas para asegurar el acceso efectivo a esos recursos y mantener la vigilancia sobre los palestinos. La sustetabilidad del medio ambiente nunca fue una prioridad para Israel, cuyas prácticas afectaron negativamente al paisaje, lo que dio lugar a la destrucción de diversos hábitats y a la escorrentía de agua.

La ocupación de la Ribera Occidental y Gaza en 1967 abrió oportunidades para las industrias israelíes. Muchas de las empresas más contaminantes se trasladaron a la Ribera Occidental y recibieron incentivos fiscales para hacerlo. Allí las empresas sólo se enfrentaron a la oposición de los palestinos que no tenían forma de detenerlas.

Por ejemplo, el fabricante de plaguicidas y fertilizantes Geshuri, que tuvo que hacer frente a importantes reveses judiciales en su planta original de Kfar Saba, fue trasladado a una zona adyacente a Tulkarem dentro de la Ribera Occidental en 1987. La importante contaminación causada por Geshuri y otras empresas de esta zona ha dañado los árboles de cítricos y los viñedos.

Además, las investigaciones sobre la genotoxicidad en los Territorios Ocupados muestran el importante impacto del asentamiento industrial de Barkan en los palestinos de la aldea de Burqeen. La contaminación del aire y el agua también ha causado desde enfermedades respiratorias hasta fallas gastrointestinales.

Otros problemas relacionados con la salud han sido el resultado de la práctica israelí de enviar basura, incluidos los desechos electrónicos, a través de la Línea Verde. Esos desechos suelen ser reciclados por palestinos indigentes de manera perjudicial para el medio ambiente, por ejemplo, utilizando el fuego para eliminar el plástico de los metales útiles. Esta práctica libera sustancias que causan enfermedades graves, como el cáncer y las enfermedades pulmonares.

Israel también ha construido una amplia red de carreteras y otras infraestructuras al servicio de los colonos. Los árboles y cualquier edificio que se encuentre a menos de setenta y cinco metros de estas carreteras son arrasados y declarados zonas militares cerradas a los palestinos. La superficie total utilizada en la Ribera Occidental para las carreteras de colonos era de 51,2 kilómetros cuadrados en 2000 y se ha duplicado desde entonces.

Añadida a los 150,5 kilómetros cuadrados de colonias ilegales construidas, se trata de una enorme superficie que anteriormente era utilizada por los palestinos para la agricultura, el pastoreo o el ocio. La disparidad entre los colonos y los nativos en cuanto al control de la tierra y el nivel de vida se ve agravada por la disparidad en el acceso a otros recursos naturales, especialmente el agua.

Los funcionarios israelíes han hecho caso omiso deliberadamente de los hechos y han presentado selectivamente datos falsos o inexactos para servir a sus intereses políticos en el río Jordán, al tiempo que han tenido un impacto catastrófico en el acceso de los palestinos al agua. Por ejemplo, el 91 por ciento del agua total de la Ribera Occidental se expropia para uso de los colonos israelíes.

La ocupación israelí ha dado lugar a una considerable pérdida de biodiversidad en los territorios palestinos. Esto comenzó hace muchos años cuando Israel desvió las aguas del Valle del Jordán, y cuando los árboles que rodeaban las aldeas palestinas destruidas fueron sustituidos por cultivos de monocultivo.

Más recientemente, el muro del apartheid en la Ribera Occidental obstruye las actividades humanas y el movimiento de los animales, causando una pérdida de la biodiversidad tanto humana como animal.

Los seres humanos y la naturaleza han estado entrelazados en Palestina durante miles de años, y la continua pérdida de biodiversidad daña irreversiblemente el patrimonio cultural y natural de Palestina, amenaza a las especies en peligro de extinción y perjudica la agricultura y la sostenibilidad ambiental.

Hay muchas otras prácticas mediante las cuales la ocupación ha socavado el desarrollo sostenible y la protección del medio ambiente. Entre ellas cabe citar la negativa a expedir permisos de construcción en la mayor parte de la Ribera Occidental y la destrucción de cualquier estructura “no autorizada”, incluso cisternas y paneles solares. Otro ejemplo es la política de Israel de absorber el sector turístico palestino, incluido el ecoturismo.

Una de las principales amenazas para el paisaje palestino es la confiscación de tierras para asentamientos, a veces con falsas excusas temporales para evitar daños a la naturaleza. Por ejemplo, la aldea palestina de Ras Imweis y seis zonas adyacentes fueron confiscadas inicialmente con esa excusa y luego se convirtieron en el asentamiento de Nahal Shilo. En muchos otros casos, las autoridades de ocupación israelíes impidieron el desarrollo sostenible palestino reclamando ciertas extensiones de tierra como “zonas verdes”, para luego convertirlas en asentamientos judíos en un plazo de dos a tres años.

Esa explotación también fue evidente en el distrito de Belén, donde la montaña Abu Ghuneim, uno de los mayores bosques del distrito de Belén, se convirtió en el asentamiento Har Homa en 1997. Así es como Israel está “lavando de verde” la ocupación.

La Comunidad Internacional ha fallado


Los asentamientos coloniales de Israel han tenido un impacto devastador en el medio ambiente palestino y en las vidas de los palestinos autóctonos. Esto plantea importantes cuestiones sobre la posibilidad de un desarrollo sostenible bajo la ocupación. De hecho, existen amplios motivos, respaldados por una sólida investigación científica y jurídica, para presentar reclamaciones por injusticia ambiental en los foros locales, nacionales e internacionales.

El artículo 49 del Cuarto Convenio de Ginebra (que Israel ratificó) establece que “la Potencia ocupante no podrá efectuar la evacuación o el traslado de una parte de la propia población civil al territorio que ocupa”, añadiendo que se debe permitir que la vida en las zonas militares ocupadas proceda con la mayor normalidad posible.

La Resolución 465 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de 1980 dice en parte que “todas las medidas adoptadas por Israel para modificar el carácter físico, la composición demográfica, la estructura institucional o la condición de los territorios palestinos y otros territorios árabes ocupados desde 1967, incluida Jerusalén, o cualquier parte de ellos, carecen de validez jurídica y que la política y las prácticas de Israel de asentar a partes de su población y a nuevos inmigrantes en esos territorios constituyen una violación flagrante del Cuarto Convenio de Ginebra”.

Israel ha ignorado en gran medida el Derecho Internacional. Esta impunidad es posible gracias a la Comunidad Internacional. Por ejemplo, en un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente de 2003 se identificaron los principales efectos de la ocupación en el medio ambiente y se formularon más de un centenar de recomendaciones, pero no se estableció un orden de prioridades ni se fijaron plazos.

Este fracaso del sistema jurídico internacional para hacer responsable a Israel no sólo está relacionado con cuestiones ambientales, sino que se extiende a muchas otras esferas, entre ellas el abuso de los prisioneros por parte de Israel y la destrucción de la vida civil. El agresivo lobby político de Israel también ha influido en muchos gobiernos y da forma a las decisiones en la ONU, donde los Estados Unidos tienen poder de veto.

Por: Mazem Qumsiyeh y Mohammed A. Abusarhan

Fuente: Qudsnen