Opinión | ¿Qué crimen cometieron los palestinos aparte de haber nacido en Palestina?

Soy descendientes de palestinos que llegaron a nuestro continente en los albores del siglo XX. Abuelas y abuelos cruzaron medio mundo en precarias condiciones con el deseo de encontrar una vida mejor, deseo también que era el de sus padres que estuvieron de acuerdo en que desarrollaran un viaje que significó para muchos no volver a verlos nunca más, no saber de los que murieron en el trayecto y no tener conciencia de los logros que esos niños migrantes y sus familias tuvieron en éstas tierras tan lejanas, convirtiéndose en personas de bien que han buscado integrarse a los países adoptivos como si fuera el propio.

Desde pequeño el sentido de pertenencia, el arraigo se instala en cada uno de los seres humanos y apela a sus especiales circunstancias familiares. En nuestro caso no fue diferente, aquello que más nos motivaba del relato de los abuelos era conservar las historias de nuestras familias detrás del desplazamiento, incluso más que el interés por mantener el idioma (una verdad terrible y dolorosa). Recuerdo tardes enteras, sentados frente a los abuelos, escuchando un relato que creo es compartido por muchos descendientes de palestinos, sirios, libaneses, en fin, que buscaron en este nuevo mundo un espacio de oportunidades que su tierra madre y ancestral les negaba.

El relato se marca a fuego en nuestras mentes y corazones y las proezas desarrolladas por estos niños y jóvenes son dignos de ser contadas y repetidas. La realidad construida nos habla de la una etapa en que el Imperio Turco está en proceso de desintegración (“El Hombre Enfermo de Europa”) y donde las condiciones se hacían muchos más complejas en el interior de un imperio plurinacional  cuyo desmembramiento está en la mira y en las ambiciones de las más relevantes potencias imperialistas de la época: franceses, ingleses, austrohúngaros y rusos. 

En su interior empezaban a bullir con fuerza los intereses de las minorías nacionales por construir, así como muchos pueblos europeos de la época, su Estado-Nación independiente y soberano, pretensión que se elevaba, sólo para los europeos como un verdadero derecho humano pero que, a pesar de surgir del mismo concepto ideológico de base, resultaba no tener la misma relevancia cuando la demanda o la reivindicación superaba los estrechos marcos geográficos del mundo europeo.

Los ideales de la Revolución francesa, los principios del Estado de Derecho, la autonomía, la determinación de los pueblos, la soberanía nacional eran letra muerta para los pueblos no Occidentales y supeditados a los intereses de las potencias imperialistas que, a costa del sufrimiento de hombres y mujeres del mundo, mejoraron la calidad de vida de sus “pueblos desarrollados”.

Los abuelos contaban que ante este escenario, en que la guerra se olía por todos los rincones de Palestina, las familias se encontraban en diferentes circunstancias producto de sus particulares realidades. Había familias que disponían de recursos y podían pagar a la autoridad turca por el no enrolamiento militar de sus hijos.

Había otras, como la de mis abuelos, que al no gozar de esa situación, pero contaban con algo de dinero y bienes, preferían comprar un pasaje clandestino y un pasaporte  turco falso (he ahí  el origen de la expresión peyorativa, para muchos descendientes árabes en América, que somos moteados como turcos) y ver  con dolor la emigración de sus descendientes a un mundo lejano, teniendo en consideración los riesgos  del viaje y también la seguridad de que nos los volverían a ver nunca más en sus vidas.

Por último, aquellas familias mucho menos afortunadas que la nuestra no les quedaba más opción que esconder a sus hijos en las cuevas de la región para impedir su alistamiento militar. La realidad, dolorosa y cruda, relatada también por los textos de historia, nos confirma que los jóvenes de familias árabes que formaban de las divisiones militares turcas eran verdadera carne de cañón en las zonas de combate (hombres de sacrificio), a quienes no dotaban de las condiciones mínimas en instrucción, vestuario, alimentación y armamento para enfrentar dicha situación.

Muchos de los que partieron no llegaron,  y para los que lo hicieron América resultaba ser un continente enorme y distante física y culturalmente. Las diferencias parecían ser insalvables, el dolor, la incertidumbre, la pena y la xenofobia de los primeros años templaron sus almas y les proporcionaron las herramientas para que la adversidad se convirtiera en una posibilidad, el dolor en entereza y la discriminación y exclusión, en una oportunidad para conocer al otro, para valorar su lengua, su cultura, su religión, su gastronomía y su identidad.

Hoy, los descendientes de palestinos en América Latina, hemos aportado en la construcción e identidad de cada una de los Estados-Nación de la región,  hemos aportado con nuestro granito de arena al crecimiento integral y formado lindas familias palestino-latinoamericanas en donde se busca expresar y mantener lo mejor de ambos mundos.

En cada uno de nuestros corazones, en el de nuestros hijos, en el de nuestros amigos que nos conocen y nos quieren, es imposible ser indiferentes al drama humanitario que el pueblo palestino arrastra por más de setenta años. Esto no es sólo una cuestión de un círculo reducido surgido a la luz de afectos que pueden ser considerados subjetivos, también lo sentimos como un clamor más general de aquellos que no pueden presentarse tan indiferente a la luz de las injusticias y atrocidades de las que nuestro pueblo ha sido objeto.

Lamentablemente las cuotas de poder que mueven las relaciones internacionales y que instrumentalizan el derecho internacional en función de fines más mezquinos que humanitarios no soplan con los mismos vientos.

No fue fácil crecer en América Latina en décadas en que se construyó una realidad simplificada e interesada (nada raro en función de la lógica ideológica de las grandes potencias Occidentales en que buscan producir una imagen del otro que sirva a sus intereses) y en qué ser palestino era sinónimo de terrorismo, actos de violencia demenciales, y que atentaban contra los valores más relevantes de la lógica universal construida sobre la teorización en derechos humanos desde Eleonor Roosevelt en adelante.

Estoy hablando de las décadas del 70 y el 80 en donde los medios de comunicación y el cine demonizaban la causa Palestina y al mismo tiempo invisibilizaban los abusos y atrocidades de la que el pueblo palestino era objeto de parte de Israel y del apoyo permanente de Estados Unidos que necesitaba articular un Estado estratégico en una zona donde los valores occidentales no predominaban, con un marcado carácter estratégico y económico.

Como siempre los intereses económicos, disfrazados de derechos, al servicio de las potencias que no reparan en actos inmorales y que procuran construir una realidad interesada que demoniza al débil y que, como dice el acta de independencia de Chile de 1818, construye un relato en que “…la resistencia del débil ante el fuerte imprime un carácter sacrílego a sus pretensiones, y no hace más que desacreditar la justicia en la que se fundan”.

Sí, para el imperio español, de principios del siglo XIX, San Martín, Artigas, Sucre, Bolívar, O’Higgins, Carrera y Manuel Rodríguez, eran delincuentes que el poder imperial buscaba vivos o muertos.

Incluso esta misma desinformación nos afectaba a nosotros como descendientes de palestinos que, para ésa época, entendíamos poco o nada del conflicto, que accedíamos a unas cuantas reflexiones no con mucho fundamento de nuestros padres (podría parecer más inspiradas en el odio que en la realidad) y, para algunos, hasta con cierta vergüenza en función de constructo informativo oficial.

Recuerdo claramente el desprecio de muchas personas hacia nuestra familia por el atentado al papá Juan Pablo II, acaecido el 13 de mayo de 1981, por el turco Mehmet Ali Agca, y que no pocos ciudadanos de nuestra tierra enrostraron, erradamente, a un posible compatriota nuestro, más aún, cuando todos nosotros en la familia y sin exclusión, éramos legalmente chilenos y, además, católicos.

Mi interés por la historia me fue acercando a fuentes de información que me dieran luz sobre una situación sin duda compleja y en donde, se debe reconocer, nuestros sentimientos estaban más que comprometidos. Supe que los ingleses imperialistas habían comprometido antes del término de la Primera Guerra Mundial, tanto a judíos sionistas como a palestinos, la constitución de un Estado soberano en dichas tierras, con la salvedad de que el Estado de Israel debía construirse a partir de la emigración de judíos, a diferencia de una población palestina asentada allí desde tiempos inmemoriales (los filisteos, La Palestina).

Ni una ni otra cosa, los imperialismos claramente desacreditados en sus supuestas ideas de progreso para los pueblos salvajes, crearon el eufemismo de “Los protectorados” con el fin de seguir explotando dichos territorios y negando las capacidades de autodeterminación a dichos pueblos.

La creación del Estado de Israel se verificó en 1948 sobre la base “de la división de Palestina”, que terrible, el documento mismo reconoce que lo que se divide es lo que existe, es lo que es y no una creación nefasta que instala una tragedia humanitaria que perdura por años y que ni siquiera reconoce el derecho a los palestinos a su Estado, sometidos a una autoridad invasora, que toma decisiones en abierto conflicto con los derechos humanos de manera unilateral, que no respeta los más mínimos acuerdos (Jerusalén como ciudad internacional rezaba el documento del año de 1948) y que ha usufructuado de la indolencia y complicidad silente de un Derecho internacional que reconoce las aberraciones producidas pero que no toma ninguna sanción relevante (de qué sirve un Derecho internacional que, parafraseando al gran Vicente Huidobro, es tuerto, el ojo que mira a los poderosos lacrado por un peso fuerte y solo abierto el que se dirige a los pequeños, a los débiles).

¿Quién puede entender que el país que tenga más reclamaciones por violaciones a los derechos humanos no haya sido objeto de ninguna sanción por la parte de la Comunidad Internacional?

Busqué justificaciones a la instalación del Estado de Israel en Palestina y no encontré ninguna fuente histórica que dé un sustento genuino, nada más que elevar un documento religioso de  una supuesta donación divina.

Es así, como me encontré con el libro de Nancy Lolas, chilena descendiente de palestinos e integrante del Parlamento Palestino en el Exilio (sí, en el exilio, que contradicción, un Estado, que está en boca de todos, que fue dividido en 1948 y que pasan unos años y ya no existe como tal es una contradicción desde la teoría del lenguaje, porque son las palabras las que le dan existencia a las cosas, fenómenos y procesos), escribió un libro que se titula, “A mi Dios no me dijo nada”. Al iniciar el texto ella relata de la siguiente manera el porqué del título:

“Recuerdo haber presenciado una entrevista a dos jóvenes, uno israelí y el otro, palestino. Al preguntársele al israelí cuál era el derecho que tenía, como judío, a la tierra Palestina, éste respondió muy seguro:

-Mi Dios nos la prometió.

Parecía tan natural, hasta el momento en que el palestino de ojos muy grandes y muy negros, musitó quedamente, pero no menos seguro:

-A mí, Dios no me dijo nada…”

Fue el mismo Juan Pablo II, pensando en el valor de su autoridad suprema para el mundo católico, quien afirmó que no era correcto esgrimir fundamentos espirituales con fines políticos, con el fin de poner un documento religioso de un pueblo específico, como una fuente que justifique derechos territoriales y soberanos.

Seguí buscando, en mis intentos por apropiarme intelectualmente de algo que me calaba cada vez más los sentimientos y me encontré con un texto escrito por el famoso historiador Max Weber y me permitió entender las diferencias que existen entre los judíos y el sionismo.

Su fundamento se expresa en términos de que el nacionalismo surgido en Europa, como una forma de emancipación colectiva de los pueblos, ofreció un interesante método de segregación.

Los judíos, que vivían por generaciones al interior de dichos nacientes Estados,  serían identificados como un pueblo distinto (no una religión) y como tal quedaría discriminado y no formarían parte de ellos. Esto no fue aceptado por muchos judíos que se sentían integrados.

Es Teodoro Hertzl que razonó (después del caso Dreyfus), que los antisemitas tenían alguna forma de razón, y que los judíos eran un pueblo distinto y no era la religión, ni la cultura lo que los hacía diferente, sino que al proponer el sionismo, Hertzl aceptaba la tesis de los supuestos enemigos, es decir, un prejuicio discriminatorio como una realidad que justificaba la creación de un Estado Judío. Es así, como una religión se convierte en una nación.

La influencia de las potencias Occidentales, siempre más proclives a apoyar al pueblo judío, también resulta una cuestión de interés. ¿Por qué la cuna de la civilización y de los derechos humanos está dispuesta a traicionar dichos valores orientadores? Más allá de los intereses económicos y geopolíticos también está la relevancia de la construcción histórica (recuerden que la Historia también puede hacer daño). Norman Finkelstein, en su libro “Imagen y realidad del conflicto Palestino-Israelí”, nos puede dar luces al respecto.

El autor plantea que el sionismo no es más que el intento de los judíos de construir su vida nacional sobre el suelo de Palestina de manera muy parecida a los colonos americanos en el Oeste. Por eso los estadounidenses conceden a los colonos judíos en Palestina el beneficio de la duda y consideran a los árabes como aborígenes que deben apartarse ante la marcha del progreso.

El argumento, defendido por el parlamentario laborista inglés Richard Crossman en la década de 1940, es no entender nada el valor de la Historia y reconocer que los abusos, antes y ahora, están supeditados en función de una destructiva idea de progreso. ¿Podríamos seguir afirmando que es una cuestión de puro odio lo que mueve a los palestinos en contra de la población sionista? No, muy por el contrario las relaciones entre palestinos y judío en la región fueron bastante amistosas en los primeros años de la migración, pero sin el sustento político y colonizador sionista.

Lo que sin duda justifica la reacción palestina es su respuesta al objetivo sionista de hacer desaparecer a la población árabe indígena, revela, como dice Finkelstein, una evidencia enterrada bajo una montaña de literatura apologética sionista y que la realidad nos dice que lo que incita a los palestinos a oponerse al sionismo no es el antisemitismo como expresión de un odio irracional o abstracto a los judíos, sino, por el contrario, una perspectiva muy real de su propia expulsión.

Hoy nos encontramos nuevamente ante una situación histórica que debe sensibilizarnos a todos (incluso a los judíos que en Palestina y en el mundo conviven en armonía con los palestinos). Un acto expansionista y de aberración humanitaria está a las puertas de materializarse.

Un porcentaje alto de la Cisjordania está en el objetivo anexionista de Israel, que reproduce una política segregacionista inspirada en el apartheid, con una comunidad internacional que no reacciona y que sólo espera, para materializarse, la certeza de la reelección de Donald Trump.

La Comunidad y el Derecho Internacional son cómplices pasivos de la mayor desgracia humanitaria de los últimos 70 años, mientras los palestinos pierden sus territorios, les quitan sus propiedades, les niegan salida al mar y la necesaria continuidad territorial en la esperada reconstrucción de su Estado, con millones de refugiados repartidos por el mundo, con sus derechos más básicos violados (el agua, la educación, el hogar),  que los eternizan en un estado de conflicto por la negativa de los palestinos a desposeerse.

¿Qué crimen cometieron los palestinos a parte de haber nacido en Palestina?

Por: Juan Carlos Cura Amar, profesor de Historia y Geografía, Universidad de La Serena

Fuente: Zona Cero