Opinión: Orgullosos de ser latinos y palestinos

Odette Yidi en exposición "Hilos que Hablan: El rol del bordado tradicional en la identidad palestina moderna", presentada en cinco ciudades de Colombia entre 2016 y 2019.

Para los palestinos, descendientes de palestinos y personas afines con la causa de liberación palestina, el mes de mayo produce emociones varias, como tristeza, rabia, nostalgia e impotencia.

Sabemos que la Nakba (o Catástrofe Palestina) no fue un evento que quedó estático en el pasado aquel 15 de mayo de 1948. La Nakba, realmente no ha terminado para los palestinos. Y es que la vida de muchas familias palestinas ha sido precisamente eso; una catástrofe desde mediados del siglo pasado.

Bien sea para aquellos que viven en la asediada Franja de Gaza; o en la ocupada Cisjordania; o como ciudadanos de segunda clase dentro de Israel; o en los hacinados campos de refugiados; o en un doloroso y prologando exilio; o bien, sufriendo silenciosamente en la diáspora, lo cierto es que ese 15 de mayo de 1948 cambiaría el destino de un pueblo en particular y de una región en general. También, lo sucedido pondría a prueba la misma humanidad y sentido de justicia de la humanidad.

Sabemos que la Nakba no fue una únicamente una fecha. El 15 de mayo de 1948 fue un día en el que se oficializó una etapa de un plan mucho más complejo y prolongado de colonización, y que hasta hoy no ha cesado.

Sabemos que la Nakba se suele conmemorar, marcar y recordar cada año con cifras: más de quinientas aldeas destruidas y despobladas; alrededor de diez ciudades palestinas arrasadas; y aproximadamente dos tercios de la población palestina convertida en refugiada o desplazada. No olvidamos tampoco las decenas de masacres, la confiscación de bienes y tierras, o las leyes que disponen arbitrariamente de las propiedades de los “ausentes”.

“Exhibición en el Festival Taqalid desarrollado en Lima, Perú, el año 2019”

También, recordamos a aquellos que estaban fuera de las fronteras geográficas de la Palestina histórica para 1948 y que no pudieron regresar- como sucedió con muchos palestinos que estaba en las Américas-, o los que quedaron dentro de las fronteras del nuevo Estado, viviendo bajo ley marcial por décadas.

Recuerdo que desde hace más de quince años -desde que empecé a tener conciencia política- no me gusta el mes de mayo. No me gusta que el calendario marque el 15 de mayo. Me he acostumbrado a conmemorar esa fecha infortunada, año tras año, participando u organizando alguna protesta, vigilia, conferencia, acto conmemorativo, etc…

Este año, quiero gozar de mi derecho a la libertad que, lastimosamente, muchas personas no tienen, como por ejemplo los 5,000 presos políticos en cárceles israelíes. Este 15 de mayo, quiero darme la oportunidad de celebrar, compartir y disfrutar mi identidad y mi cultura palestina; porque, hasta eso le han intentado arrebatar al pueblo palestino.

Por muchos años, mostrarnos palestinos en las Américas era causa de señalamiento, generaba desconfianza, persecución y recriminación, y así fue como muchos de nuestros padres o abuelos decidieron esconder y no transmitir su identidad palestina.

Pensar en Palestina era -y es- doloroso, y en muchos casos, los medios masivos de comunicación y entretenimiento nos mostraban -y muestran- que ser palestino “no estaba bien”, o cómo decimos en Colombia, no era/es “chévere”. De esta forma, a medida que más generaciones nacían en Israel cultivando su sentido de pertenencia, muchos palestinos en las Américas nacían alejados de su identidad palestina.

Hoy, 72 años después de la Nakba, y después de tres generaciones de desarraigo, y décadas de estereotipos, y desde mi ciudad de nacimiento en el Caribe, quiero celebrar que pertenezco a un pueblo de héroes. Un pueblo que es ejemplo de resiliencia, o sumud, para todo el mundo. Somos hijos de héroes.

Quiero resistir desde la existencia misma, como dice un grafiti en el Muro del Apartheid, porque ser palestina me enorgullece. Es hora de olvidar y superar la vergüenza, el rechazo o la discriminación que probablemente sintieron muchos de nuestros padres y abuelos en las fronteras, aeropuertos o puestos de control. Es hora de empoderarnos de nuestra historia para poder transmitirla a las próximas generaciones.

Es por eso que debemos seguir explorando las fotos, archivos y memorias familiares. Y cuando se pueda, viajar. Motivemos a más personas de origen palestino en las Américas a que se sientan orgullosos de su herencia, orígenes e identidad, porque lo cierto es que tenemos de dónde y por qué sentirnos orgullosos.

Y es que acaso no es motivo de orgullo venir de la tierra que, según las tradiciones religiosas, vio nacer a Jesucristo y ascender al cielo al profeta Mahoma; una tierra de la cual surgen majestuosos olivos que son transformados en aceite, aceitunas y artesanías; una tierra cuyas semillas, flora y fauna han servido para tinturar hilos que luego las mujeres transforman hábilmente en esplendorosos bordados; y una tierra que ha inspirado los versos y canciones más dulces. Una tierra que, ciertamente, merece vivir. 

En Latinoamérica, Palestina debe seguir viva. Desde hace más de cien años, estamos construyendo país, cada uno, desde su hogar diaspórico; pero también hemos estado construyendo comunidad. Los encuentros “Taqalid” en Santiago y en Lima son prueba de ello. Y a pesar de que ya varias generaciones de palestinos hoy en día son más latinos, y que muchos no pueden conectarse ni familiar ni lingüísticamente con Palestina, basta con emprender un corto viaje a la tierra de nuestros abuelos o bisabuelos para saber que hemos llegado, realmente, a casa.

Encuentro Taqalid 2019, en Lima, Perú, donde se presentó el cantante palestino Haitham Khalaily, quien fue finalista de Arab Idol, programa caza talentos del Medio Oriente

Y es que celebrar y cultivar nuestra identidad palestina, en ningún momento, demerita nuestra pertenencia y lealtad hacia Sur o Centro América. Estas dos identidades no son excluyentes. Sabemos (y si no, aprendamos) a comer pupusas pero también falafel, a bailar cumbia pero también dabke, a disfrutar a Pablo Neruda pero también a Mahmoud Darwish.

Ser de aquí y ser de allá nos enriquece; y así está inevitablemente construida nuestra memoria e identidad dual. Hemos dado frutos a las Américas, y nuestro agradecimiento por recibir a nuestros antepasados es infinito e inconmensurable.

Somos palestinos-latinos. No somos lo uno sin lo otro. No podemos negarlo, no podemos rechazarlo; ni el ser latinos, ni el ser palestinos. Somos ambos, al mismo tiempo, y de manera complementaria. Y si no estamos seguros de lo anterior, la invitación es a redescubrirnos palestinos. Porque eso es motivo de gran orgullo. Y ser latinos, por supuesto, también lo es.

Una anotación final: si liberamos a Palestina, y sus hijos en la diáspora no se sienten palestinos, ¿para qué sirvió todo el esfuerzo?

Por: Odette Yidi David, Internacionalista y Magíster en Estudios de Próximo y Medio Oriente (SOAS, Universidad de Londres). Profesora catedrática universitaria y directora del Instituto de Cultura Árabe de Colombia.

Fuente: Comunidad Palestina de Chile