Opinión | ¡No más miedo!

En ocasiones, he visto a personas de origen palestino en la Diáspora esconder, maquillar, disfrazar, rechazar, negar, ignorar y hasta olvidar su origen palestino.

Probablemente, es normal sentir temor al pertenecer a una minoría, pues podemos imaginarnos vulnerables. Sin embargo, los palestinos en las Américas, si bien podríamos llegar a considerarnos como una minoría, no somos un grupo hermético y desconectado de sus realidades y contextos, sujeto por ello a ser discriminado.

Afortunadamente, la realidad es diferente. En muchos casos, las comunidades palestinas han aportado decisivamente a la construcción y desarrollo de las sociedades receptoras, desde los ámbitos económicos, políticos, intelectuales y culturales. Inclusive, con la crisis humanitaria generada por el Covid-19, varias instituciones palestinas han tenido generosas muestras de solidaridad con comunidades menos favorecidas en sus países de residencia en Sur y Centro América.

Sin embargo, a pesar de los más de cien años de presencia en las Américas, y en contradicción a la hermandad forjada con las varias esferas sociales de los países de acogida, ¿por qué siguen existiendo algunos latinos-palestinos con miedo a decir “soy palestino/a”?

Por supuesto, es difícil analizar cada caso nacional, cada proceso histórico, cada contexto social, y cada experiencia individual y/o colectiva de los palestinos en la diáspora y de sus descendientes. Pero hay una narrativa común que es transversal a este cúmulo de experiencias múltiples y diversas: el miedo de ser rechazados o señalados por ser de origen palestino, o por defender la lucha anti-colonial palestina.

Las respuestas o explicaciones que podemos esbozar para explicar este temor tan arraigado en muchos corazones son muchas, pero pienso que el camino hacia el cambio de paradigmas es uno. (Entiéndanse uno de forma doble: uno como persona, y también como la existencia de un único camino hacia el cambio.)

¿Cómo llegamos hasta aquí?

Vestir un kuffiye, organizar una charla en algún recinto académico, organizar una campaña de concientización, una recolecta de fondos humanitarios, escribir (y esperar que ojalá sea publicado) en prensa, pegar una calcomanía con la bandera palestina en el vehículo, ponerle el adjetivo “palestino” a un restaurante árabe, o usar una banderita palestina en los perfiles de redes sociales son actos cotidianos que no deberían significar un motivo de ansiedad para aquel que decida realizarlos. Pero para muchos palestinos en la diáspora, realizar lo anterior genera miedo: miedo a ser juzgados, señalados o acusados falsamente; y miedo a caer en alguna de las categorías fabricadas e impuestas viciosamente a un pueblo que se encuentra en una lucha anti-colonial en pleno siglo XXI.

Dos de las más populares y aterrorizantes etiquetas lanzadas a aquellos quienes alzan su voz por Palestina son las de “antisemita” y “terrorista”.  Por supuesto, sobra decir que éstas están fuera de lugar y son erróneas; además, están basadas en prejuicios racistas, estereotipos malvados, en posiciones políticas parcializadas, en convenciones ahistóricas, en mitos orientalistas y en fantasías colonialistas.

Hemos caído en la trampa de sentir miedo de hablar lo correcto, lo justo y lo necesario. Hablar en defensa de los derechos humanos, de la equidad, la igualdad, la justicia y de la solidaridad nunca debería ser negativo. Solemos creer que las consecuencias de hablar, defender o inclusive de sentirse palestino y exhibirlo son nefastas. Pero más nefasto es no hacer lo anterior, pues mientras callamos, el colonialismo sionista continúa. Es más fácil -y gratificante- defender la verdad, que lo fácil.

Entonces, ¿cuál es el camino?

Hablar. Seguir hablando, sin miedo. Seguir sintiendo, sin miedo. Seguir poniendo a Palestina en la mesa de conversación. Poner a Palestina en todos los mapas, mientras logramos volver a aparecer en el mapa político como corresponde justamente. Poner a Palestina en el mapa intelectual, en el gastronómico, cultural, empresarial, o ambiental, entre otros, y desde cada una de nuestras posicionalidades diaspóricas.

Entre más hablemos y con más personas lo hagamos, menos público y apoyo va a tener el movimiento que nos quiere silenciar; y más eco, más plataformas, más volumen y más alcance va a tener la narrativa palestina. Mientras nuestra voz -que exige justicia y demanda paz- llegue a más gente y más latitudes, menos serán aquellos que querrán categorizarnos como “terroristas” o como “antisemitas” (que como dijimos, son categorías fuera de lugar para aquellos que demandan la justicia y la paz).

Por último, no podemos olvidar que en este proceso (guerra de narrativas, si se quiere llamar) hay un actor que tiene un papel fundamental: la academia. La academia debe descolonizarse y liberarse, para poder ser una real generadora y multiplicadora de conocimiento responsable y crítico. Con este apoyo invaluable, se logrará tener un mayor respaldo de la sociedad civil, que en últimas puede -y debe- exigir a los gobiernos del mundo posiciones más claras y contundentes con respecto a Palestina. En última instancia, son éstos últimos quienes tienen un papel decisivo en exigir el fin de la colonización de Palestina, y la reparación y justicia para el pueblo palestino. Pero no olvidemos que ellos y Palestina nos necesitan.

Por: Odette Yidi David, cofundadora y directora ejecutiva del Instituto de Cultura Árabe de Colombia

Fuente: Comunidad Palestina de Chile