Opinión | La crítica contra la ocupación militar y la colonización israelí: ¿Un acto antisemita?

Hace pocos días el Centro Wiesenthal señaló, aunque con argumentos vagos y sin profundizar en detalles ni mayores fundamentos, que la comunidad palestina en Chile se ha radicalizado y alineado con la ideología de Hamas en un espíritu anti Israel, y donde el alcalde de Recoleta, Daniel Jadue sería el ejemplo más claro.  Más aún, dicho Centro colocó al edil dentro de la lista de “los mayores antisemitas de 2020” del mundo (sí, leyó bien, del mundo). Ello, en el contexto de una especie de “antisemitismo awards”, que el centro referido suele promover.

De acuerdo a lo señalado en su propia página web, el Centro Wiesenthal se auto define como una ONG judía de derechos humanos que aplica las lecciones del Holocausto para luchar contra el antisemitismo y otras formas contemporáneas de discriminación. Este Centro, además, se hizo mundialmente conocido por su abnegada labor de perseguir y llevar ante la justicia a los criminales nazis.

No obstante lo anterior, de un tiempo a la fecha, el Centro Wiesenthal comenzó a transitar por una nueva senda que lo ha alejado de los principios en los que se fundó. En efecto, hoy por hoy su organización se ha estado enfocando firmemente en una estrategia orientada a defender y justificar la brutal ocupación militar y colonización israelí sobre los territorios palestinos, la cual implica, entre otras barbaridades, la anexión ilegal de tierras, la demolición de miles de hogares de palestinos y el control total sobre la vida cotidiana de la población civil (todos los palestinos -incluso los niños- son para el ocupante seres peligrosos, por lo que se les somete a una durísima ley marcial que lleva más de 50 años de vigencia). Pero si dicho apoyo es cuestionable en sí, lo es sobre todo para una organización que se presenta como defensora de los derechos humanos, más grave aún es el hecho de que dicho Centro, además, y siguiendo la línea de los gobiernos extremistas israelíes, recurra a la estrategia de etiquetar como antisemita a quienes critican o luchan en contra de la ocupación militar israelí y los crímenes perpetrados por ese ejército contra la población civil palestina.

Lo abusivo de esta estrategia puede observarse en el hecho de que en el mismo listado -de confección anual- en que aparece esta vez Daniel Jadue, han sido además nominados por el Centro Wiesenthal como grandes antisemitas Roger Waters (en el 2018), ex vocalista de Pink Floyd, por sus críticas a las humillaciones a las que son sometidos los palestinos, el movimiento BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones), que busca luchar pacíficamente contra la ocupación israelí por medio del boicot, emulando el método utilizado contra el Apartheid sudafricano, e incluso la aplicación Airbnb (2018) por negarse a publicitar locaciones israelíes, en colonias ilegales dentro de territorios ocupados palestinos, para no violentar el Derecho internacional. 

Si las anteriores nominaciones le parecieron extrañas, prepárese. Pues el mismo Centro también ha abusado del término antisemita, al ubicar en el ranking de las peores conductas antisemitas anuales las decisiones de países o comunidades de países que buscan el cumplimiento del Derecho internacional.

Así, fue “ranqueado” como uno de los actos más antisemitas del año 2015, la decisión de la Unión Europea de exigir que los productos importados desde territorios palestinos ocupados llevasen una etiqueta señalando su procedencia (Nótese que ni siquiera se trató de un boicot a esos productos, como debería haber ocurrido en justicia).

Pero más absurda e irracional aún fue la “nominación” como uno de los diez actos más antisemitas del mundo del año 2016, la decisión del gobierno de Barack Obama de abstenerse de vetar, mediante un voto de rechazo, la resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que condenó los asentamientos israelíes en tierras palestinas.

Dicha decisión fue adoptada con el voto favorable/condenatorio de todo el resto de los miembros del Consejo de Seguridad, entre los que se encontraban Reino Unido, Francia, Rusia y China, a quienes, por tanto, habría que catalogarlos, de acuerdo a la lógica del Centro Wiesenthal, como más antisemitas aún que el gobierno de Obama. 

En la misma línea, o mejor dicho en forma coordinada, ha estado actuando el mayor aliado de Israel desde su creación, esto es, y no podía esperarse de otra manera, el gobierno de Donald Trump, el cual hace apenas unos meses, a través de su Secretario de Estado, Mike Pompeo, señaló que Amnistía Internacional, Human Rights Watch y Oxfam, entre otras organizaciones de derechos humanos, son antisemitas.

Ello como reacción a los informes que estas instituciones han emitido denunciando los crímenes de la ocupación y las políticas racistas israelíes. Esta acusación, que fue rechazada por Amnistía Internacional, por considerarla un intento de silenciar e intimidar a las organizaciones de derechos humanos, puede tener graves implicancias, pues podría llevar a que el Departamento de Estado norteamericano emprenda acciones legales en contra de las mismas, lo que se podría traducir en el congelamiento de los fondos de este tipo de organizaciones (de hecho los EE.UU de Trump se retiró de la UNESCO, privándola así del financiamiento norteamericano, precisamente por las críticas de este organismo en contra de Israel).

Por otro lado, es necesario recordar que el Centro Weinsenthal nunca ha levantado la voz frente a las flagrantes violaciones de los derechos humanos más básicos de los palestinos, tal como sí lo han hecho las recién mencionadas organizaciones de derechos humanos. Tampoco se ha manifestado en contra de las innumerables leyes discriminatorias que configuran el ordenamiento jurídico israelí.

Y el mismo silencio ha mantenido respecto, por ejemplo, de la designación de Effi Eitman, por el gobierno israelí, para el cargo de director del renombrado museo en del Holocausto de Jerusalén. Eitman, a parte del hecho de vivir en un asentamiento ilegal en los Altos del Golán en Siria (ocupado militarmente por Israel), ha promovido abiertamente -en una actitud bien propia de una mente nazista- la limpieza étnica de los palestinos en los territorios ocupados, así como la necesidad de despojar de los derechos civiles básicos a los no judíos que viven dentro de Israel.  

Hace pocos días, el Centro Weinsenthal también salió a responder a quienes rechazaron sus denuncias de antisemitismo en contra de la comunidad palestina en Chile y, en especial, contra Daniel Jadue, afirmando que en realidad la principal crítica que ellos hacen es a la “importación del conflicto de Oriente Medio a América Latina”. Esta especie de mantra propagandística a la que reiteradamente echan mano en los últimos tiempos los auspiciadores de la ocupación transpira un evidente desprecio por los derechos humanos.

Primero, nótese el uso del término mercantil “importar”, como si los derechos humanos de los palestinos, los problemas que ellos enfrentan ante la ocupación, fueran meras mercancías, meros productos a comercializar, un negocio que es necesario evitar para mantener la “tranquilidad” del barrio, y ¡business as usual!  Pero resulta que (¡y esto lo debiera saber el Centro Weinsenthal!) los derechos humanos son de carácter universal, son inherentes a cualquier persona con tal de ser tal. Por lo tanto, y aunque a algunos les cueste asumirlo, los palestinos también son titulares de ellos. De ahí que cual cualquier duda sobre la violación de este tipo de derechos -especialmente si se trata de una población que está bajo la fuerza de un ejército extranjero- debería ser materia de preocupación y, en su caso, de denuncia y condena. Llamar a no mirar hacia esas tierras, a no “importar el conflicto”, llamar a cerrarse a discutir y condenar lo que en los territorios ocupados sucede, especialmente a la luz de toda la evidencia que existe, no es más que un cobarde y miserable acto de encubrimiento. 

Pero en el fondo, esta forma de ver y sentir lo que sucede con los palestinos, no es más que el reflejo de una lógica colonial. El colono, en su autoimagen de hombre superior, ve al “otro”, al colonizado, incluso más que como un ser inferior, como una cosa (las cosas se “importan”), y a veces como un ser/cosa peligroso/a (especialmente cuando éste se alza frente al despojo de sus tierras o su libertad) que debe ser controlado. Solo esto puede explicar por qué Israel mantiene a toda la población palestina de los territorios ocupados bajo una ley marcial, draconiana, brutal y con tintes neo-nazistas (jamás criticada por el Centro Weinsenthal) por casi medio siglo.

Asimismo, y en muchas oportunidades el colono no solo ve al “otro” como una cosa, sino que también como un obstáculo para un paraíso imaginario, “puro” libre de sujetos que no pertenecen a su etnia o grupo humano. Y esto explica también por qué el parlamento israelí aprobó el 2018 una controvertida ley que define a Israel como un “Estado nación judío”, en lugar de declararlo -como lo demandaría un Estado democrático- un Estado para todos sus ciudadanos, sin distinciones por origen étnico, religioso o ideales -y todo en un país donde el 20% de la población dentro de lo que son sus fronteras es palestina-. Y es la misma razón del por qué se construyen cada día más colonias en los territorios despojados a los palestinos donde SOLO pueden habitar colonos israelíes. Nada de lo cual inmuta, por su puesto, al Centro Weinsenthal.

Antisemita es quien muestra hostilidad o prejuicios hacia los judíos, su cultura o su influencia, actitud que evidentemente no es posible identificarla con quienes defienden los derechos del pueblo palestino a su autoderminación. La lucha de este pueblo no es en contra de los judíos (más aún, hoy quienes muestran mejor preparación e incluso ahínco en la defensa de la causa palestina son mayoritariamente judíos), ni nada que se le parezca.

Es una lucha contra el colonialismo, la limpieza étnica, la asfixiante ocupación militar israelí -no comparable con ninguna otra situación en el mundo-, y el control de las vidas de los palestinos por parte de una potencia militar. Otra cosa muy distinta es que ciertos fanáticos dentro de Israel quieran mezclar las cosas con tal de confundir a la opinión pública con el fin de eludir la responsabilidad que le cabe a ese país por sus crímenes.

Los apologistas del Estado de Israel y sus políticas expansionistas y colonialistas parecen haber entendido que utilizar la carta del antisemitismo -especialmente por su conexión con el Holocausto- puede constituir una formidable herramienta disuasoria para acallar o intimidar a sus críticos, sobre todo en estos tiempos en los que la imagen de Israel ha ido cayendo consistentemente, incluso dentro de la propia comunidad judía de los EE.UU. (especialmente entre los jóvenes que se están uniendo para defender los derechos de los palestinos).

Todo aquel que se arriesgue a levantar la voz en contra de la ocupación, hoy en día, corre el riesgo de ser difamado con el duro calificativo de antisemita, y ser comparado con un nazi. Así, se utiliza el antisemitismo como una herramienta, un acto de matonaje, un símil más refinado que la clásica y despreciable fórmula de los estados totalitarios que, frente a la imposibilidad de justificar sus actos y políticas represivas, etiquetan de subversivo o terrorista a cualquiera que se atreva a expresar su disidencia. El discurso de tildar de antisemita o “importador” de conflictos a destajo a cualquier persona, se trata, en definitiva, de un discurso político que busca callar toda crítica en contra del Estado de Israel.

Ahora bien, ninguna expresión de odio hacia los judíos debe ser tolerada, al igual que las teorías fantasiosas y tendenciosas que intentan negar o relativizar el holocausto. Las lecciones de esta horrenda mancha en la historia de la humanidad deben llevarnos a todos a comprender la importancia de la democracia, el reconocimiento y valor de la dignidad humana y los derechos humanos o fundamentales que de ella emanan.

Por lo mismo, es que es resulta inmoral y grotesco la utilización o, mejor dicho, la instrumentalización de la memoria de las víctimas del holocausto para intentar lavar la imagen de Israel por los crímenes que a diario comete en contra de la población civil palestina bajo la ocupación militar más larga y brutal de los últimos tiempos. Como dijo, el intelectual judío-estadounidense, Noam Chomsky, “esta táctica es un insulto a la memoria de las víctimas del Holocausto”.

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Por: Marcelo Hadwa Issa, abogado

Fuente: Comunidad Palestina de Chile