Opinión | Está bien ser antisionista

El historiador y comentarista Gadi Taub vuelve a las raíces de la propaganda sionista: no se puede dejar de abrazar el sionismo. No hay necesidad de persuadir o ser persuadido, de creer en él o demostrar que es infundado. Cuando se trata de la más sagrada de las ideologías, una totalmente irreprochable, cualquier crítica es ilegítima. Cualquiera que exprese sus reservas está sujeto a un destino, ser condenado como antisemita. Taub no conoce otra forma de enfrentarse a los argumentos morales planteados contra el sionismo.

El sionismo se convierte así, en manos de intelectuales como Taub, en una ideología tiránica que no puede ser rechazada. Sería difícil pensar en una prueba mejor de la necesidad de reevaluar la justicia del sionismo, sus víctimas y su relevancia que este agresivo zhdanovismo. No eres sionista, ergo, eres antisemita.

Si los sionistas como Taub estuvieran más convencidos de la justicia de su causa, no se alarmarían tanto ante cualquier expresión de crítica o cuestionamiento. En ese sentido, el sionismo es más parecido a un credo religioso celoso que a una visión del mundo. Al igual que con los ultraortodoxos, con los sionistas tampoco hay que cuestionar nada. Si no sintieran que algo del pasado y del presente del sionismo arde bajo sus pies, los sionistas no librarían una batalla tan feroz contra sus oponentes. Así es cuando sus argumentos son débiles: la deslegitimación es el último refugio del sionista.

Taub se aferra a la definición de antisemitismo expresada por la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto, la nueva y eficaz herramienta utilizada por el establishment sionista para reprimir cualquier crítica a Israel. Una petición de organizaciones israelíes y judías pide al nuevo presidente de Estados Unidos que no codifique esta definición en la ley. La petición ha inflamado a Taub. Acusa a la extrema izquierda de desdibujar la línea que separa a Israel de los territorios ocupados y de tomar medidas que frustren la partición de la tierra de Israel.

La realidad del apartheid y la supremacía judía desde el río Jordán hasta el mar sólo se oculta a los ciegos, los ignorantes, los propagandistas y los mentirosos.

El movimiento BDS no desea destruir a Israel, sólo reemplazar su régimen de supremacía judía; el derecho de retorno palestino no pretende arrojar a los judíos al mar; la solución de un solo estado no pretende repatriar a los judíos a Europa. Todos ellos sólo desean reparar parcial y tardíamente un error histórico provocado por el sionismo, deliberadamente o no, una corrección sin la cual nunca se establecerá aquí una justicia tardía.

Ya no se puede boicotear sólo los asentamientos, puesto que Israel los ha convertido en una parte inseparable del país. Ha borrado la Línea Verde y ha eludido toda responsabilidad por lo que ocurre en los territorios. Yenín y Tel Aviv están bajo la misma regla, y cualquier crítica contra ella debe dirigirse a Jerusalén.

Jerusalén es la sede de los gobiernos de Israel, que se han convertido en gobiernos de apartheid. Hay que combatirlos, aunque Taub afirme que esa campaña puede conducir a la aniquilación y que sus defensores son antisemitas. Felizmente, el sionismo y Taub no son los únicos árbitros disponibles de la moral.

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Por: Gideon Levy

Fuente: Middle East

Traducción y Edición: Comunidad Palestina de Chile