Opinión | El apartheid sanitario israelí y la metáfora “kibbutz”

En las últimas semanas, se han podido escuchar o leer grandes ovaciones a la eficacia del gobierno del Estado de Israel en aplicar la vacuna contra el covid. Pocas voces se alzan para interpelar con tímida voz a este concierto de alabanzas. ¿Y qué hay de las y los vecinos palestinos de Cisjordania y Gaza?

El IV Convenio de Ginebra establece que Israel es responsable de la salud y el material sanitario de la población palestina bajo colonización y ocupación desde 1967. Además, este convenio fundamental en el derecho internacional dictamina específicamente la obligación de la potencia ocupante de prevenir la propagación de pandemias. Igualmente, aunque se pudiera aducir que los Acuerdos de Oslo transfirieron a la Autoridad Palestina las cuestiones sanitarias, la infraestructura imprescindible para importar, distribuir y administrar la vacuna está bajo un estricto control israelí, el estatus internacional del IV Convenio de Ginebra prevalece sobre acuerdos como los de Oslo y todo el mundo sabe que Israel ha violado y viola estos sistemáticamente.

¿Se puede llamar “apartheid sanitario”? Sí, “apartheid”, el régimen racista de separación de las poblaciones con diferencia de derechos y privilegios desarrollado en Sudáfrica, y que fue aplicado también con algunas diferencias por Estados Unidos contra las poblaciones nativas con la política de reservas y en el sur del país con leyes históricas como las Jim Crow. Israel ejerce el apartheid sanitario con la vacuna del covid porque es una expresión más de su apartheid. Este Estado colonial, que ni representaba ni representa al judaísmo ni a las personas judías, controla el 100% de la Palestina histórica, y aplica diferentes regímenes jurídicos según la persona sea judía o no judía.

Hace varias semanas, la ONG israelí más conocida del mundo, B’Tselem, declaró que Israel ejerce un régimen de apartheid desde el mar Mediterráneo hasta el río Jordán. En marzo de 2017 un organismo de la ONU, la CESPAO, afirmó que Israel es un Estado de apartheid y que el BDS es una herramienta legítima para acabar con este apartheid. Pero es que incluso el expresidente estadounidense Jimmy Carter escribió un libro en 2006 sobre Palestina en el que reclamaba “peace, not apartheid”. De hecho, ese fue el título del libro. Un premio Nobel de la Paz, el arzobispo sudafricano Desmond Tutu, también criticó el “apartheid israelí”.

Varias décadas atrás, el primer ministro de la Sudáfrica del apartheid entre 1958 y 1966, Hendrik Verwoerd, reveló que estaba de acuerdo con el Estado de Israel, puesto que “Israel, como Sudáfrica es un Estado de apartheid”. Por cierto, es importante recordar que el apartheid es un crimen contra la humanidad según el Estatuto de Roma del Tribunal Penal Internacional, que se acaba de declarar competente para investigar crímenes en Palestina. Podría ser la primera vez en más de 70 años que la población palestina pueda tener acceso a la justicia internacional y que los criminales israelíes sean juzgados.

Así, el apartheid israelí es una parte fundamental de un modelo de colonialismo de asentamiento que es el principal marco en el que hay que comprender la cuestión de Palestina-Israel y la relación del movimiento sionista y el Estado de Israel desde 1948 —no solo desde 1967— con las personas nativas palestinas. Solo la población israelí tiene el privilegio de poderse vacunar, y este éxito es también producto de esa sociedad ultramilitarizada y ultratecnificada, en la que desde la escuela se analizan aptitudes y desarrollos de niñas, niños y jóvenes para después, a la hora de llegar a la edad militar obligatoria, ser asignados a la unidad del ejército más adecuada.

No hay que olvidar que la organización de la defensa civil israelí es también muy importante, así como la construcción de refugios en los edificios dedicados para población judía, o la distribución de máscaras antigás en episodios históricos como las dos guerras del Golfo. Por factores como estos, la sociedad israelí está bien entrenada para distribuir y administrar rápidamente una vacuna a su población, que aproximadamente equivale en número de habitantes a la existente en la Comunidad de Madrid. Pero para la población de Gaza y Cisjordania, nada. Solo en los últimos días han llegado las primeras vacunas a la población palestina de Cisjordania debido a la presión internacional.

La metáfora kibbutz

Ligado a todo esto, nos gustaría explicar otro hecho reciente que ayuda a entender numerosos aspectos de Palestina e Israel y de este apartheid. El pasado 28 de enero, TV3, la Televisión pública catalana, emitió un documental presentado por uno de los exdirectores de la cadena y conocido por sus posturas prosionistas, Vicenç Villatoro. Este documental, Generació Kibbutz, es un homenaje a los kibbutzim (plural de kibbutz), comunas sionistas supuestamente “socialistas” existentes desde 1909. También, en el fondo, es un homenaje a la colonización sionista de Palestina, especialmente en lo referido a su sistema agrícola y al control del territorio desarrollado por los kibbutzim.

Las y los narradores y testimonios del documental son personas voluntarias catalanas que realizaron estancias de semanas, meses o años en diferentes kibbutzim por todo Israel (denominada también Palestina del 48), durante las décadas de 1960 y 1970. Las y los voluntarios venían principalmente de dos entornos, el catalanismo político o cultural —en mayor o menor medida clandestino de aquellos años bajo la dictadura franquista—, o de familias judías catalanas que habían sido fuertemente influenciadas por el sionismo.

Teniendo en cuenta quiénes son los narradores del documental, ya observamos un sesgo claramente sionista. Nos hablan de cómo quedaron admirados de la organización comunitaria de los kibbutzim; las actividades culturales y bibliotecas donde podían encontrar buena parte de las obras que en España estaban prohibidas y censuradas (especialmente marxistas y de izquierdas); de la libertad sexual; de cómo se bañaban desnudos y juntos chicos y chicas, etc. También ensalzan la superación del judío de la diáspora con el “nuevo hombre colonizador judío” siguiendo las líneas sionistas, o la capacidad de autodefensa y de organización sociedad-ejército, llegando algunos de ellos a recibir entrenamiento para la guerrilla urbana o a entrar en alguna de las milicias del ejército de Israel.

De hecho, existía un gran vínculo entre los kibbutzim y el militarismo. Debido a la condición de muchos kibbutzim de puestos militares avanzados para colonizar territorio antes y después de 1948, y por el conocimiento del terreno y capacidad de autoorganización castrense de sus miembros, grandes líderes del ejército israelí, como Moshé Dayán, Isaac Rabín o Ariel Sharón, vinieron de o vivieron en kibbutzim o moshavim, estos últimos similares a los primeros pero con mayor presencia de la propiedad privada.

Por otro lado, en el documental se puede observar incluso a Xavier Torrens, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Barcelona abiertamente sionista, que llega a afirmar que los kibbutzim fueron uno de los tres grandes modelos de búsqueda de una sociedad igualitaria que llegaron a tener cierto éxito, junto con el soviético y el socialdemócrata nórdico. En efecto, durante muchas décadas, distintas izquierdas europeas admiraron el modelo “socialista” y “autogestionado” de los kibbutzim. Pero es que durante mucho tiempo, numerosas izquierdas olvidaron o despreciaron —y, en algunos casos, olvidan y desprecian— la cuestión del colonialismo y el racismo.

Los kibbutzim eran colonias de asentamiento en las que solo las personas judías o blancas podían ser integrantes de pleno derecho. Por tanto, era un apartheid respecto a la población palestina nativa. Ni una sola vez se menciona este “pequeño detalle” en el documental. Tampoco se hace ni una sola referencia a que numerosos kibbutzim se construyeron sobre las ruinas de localidades palestinas que sufrieron la limpieza étnica sionista-israelí durante la Nakba de 1948. Por ejemplo, sobre las tierras del municipio palestino desalojado y destruido de Endur se creó el kibbutz “Ein Dor”. Sobre la localidad palestina de Luby, el kibbutz “Lavi”. Sobre tierras de Al Birweh, el pueblo arrasado del gran poeta palestino Mahmoud Darwish, se edificó “Yasur” y “Ahihud”. De hecho, uno de los testimonios de Generació kibbutz, Miquel Sellares (exdirector de los mossos), fue al kibbutz Beit Kama, fundado justo al sureste de Al Jammama, pueblo palestino que sufrió la limpieza étnica.

El kibbutz Netiv HaLamed Heh fue fundado sobre las tierras del pueblo palestino desalojado Bayt Nattif. Después, en estas tierras, se inauguró un bosque que rendía homenaje a personas que salvaron a judíos y a judías durante la Segunda Guerra Mundial, como el holandés Bastiaan Jan Ader. Una práctica habitual del Estado de Israel después de su creación fue plantar nuevos bosques sobre pueblos palestinos que habían sufrido la limpieza étnica. Así los borraban del mapa e impedían a la población refugiada palestina que pudiese volver a sus casas.

El caso es que Bastiaan Jan Ader y su mujer Johanna Ader salvaron a unos 200 judíos y judías del nazismo. Después, Bastiaan fue asesinado por los nazis en 1944. 16 días antes, había nacido el hijo de ambos, Erik Ader. Erik, que más tarde sería diplomático, puso el grito en el cielo en 2016 porque Israel había usado el nombre de su padre en el bosque junto al kibbutz Netiv HaLamed Heh y que ocultaba la localidad palestina destruida de Bayt Nattif. Erik Ader acusó a Israel de estar “abusando de la memoria” de su padre y de estar utilizando su nombre para ocultar “una limpieza étnica”. Una gran y vergonzosa metáfora del Estado de apartheid de Israel y de sus numerosos “washings” o lavados de cara (“culturewashing”, “greenwashing”, “pinkwashing”, “vegwashing”…).

Los kibbutzim se fundamentaban en el colonialismo de asentamiento, es decir, en un modelo racista supremacista. En este caso, supremacismo del colectivo/etnia judío. Las y los habitantes nativos no judíos de aquella tierra eran invisibilizados, expulsados, debían desaparecer. De hecho, en los 52 minutos del documental no se menciona ni una sola vez a las personas palestinas. El paradigma del colonialismo de asentamiento, el marco más importante y útil para entender la cuestión de Palestina, opera a través de múltiples aristas respecto a la población colonizada dependiendo del contexto: invisibilización, alterización, exclusión, sustitución, expulsión, subhumanización… así como despojo de bienes materiales y culturales e intento de destruir o secuestrar la memoria y la identidad.

El modelo kibbutz es parte del concepto racista establecido a partir de la década de 1920 por los partidos “obreros” sionistas plasmado en la ideología del sindicato Histadrut (sindicato mayoritario israelí y adherente a la Confederación Sindical Internacional CSI): trabajo exclusivamente judío, producción exclusivamente judía, consumo exclusivamente judío, segregando —“apartheid” en la lengua de las y los colonos bóer sudafricanos— a la población árabe originaria. Por tanto, se trata de un “sindicato” que llamó y practicó desde sus orígenes el apartheid comunitario o étnico, como ciertos sindicatos practicaban el apartheid racial en Sudáfrica.

Este “sindicato”, como los kibbutzim, giraban en torno a los partidos de izquierda sionista antes y después de la proclamación del Estado de Israel, que constituyeron la elite que forjó la estructura social y económica del mismo. El racismo del Histadrut continúa hoy en día, ni defiende —ni se le espera— los derechos de las y los miles de trabajadores palestinos asalariados de empresas israelíes. Los partidos de la izquierda sionista, sean de la tendencia que sean, fueron y son cómplices de elevar tanto a los kibbutzim como al Histadrut al rango de entidades progresistas y no servidoras estructurales de la ideología y del proyecto sionista.

El colonialismo de asentamiento implica lo que se denomina un memoricidio y un epistemicidio. Y es lo que ha protagonizado el movimiento sionista y el Estado de Israel hacia la población nativa, concretándose en apartheid, limpieza étnica y ocupación militar que sigue y seguirá su curso mientras dure el proyecto sionista. Tampoco, ni una sola vez durante todo el documental, se mencionan estos fenómenos y procesos históricos claves para entender cualquier aspecto relacionado con la temática palestina. Y eso que múltiples kibbutzim existentes en 1948 participaron en la limpieza étnica de Palestina.

En definitiva, la vacunación contra el covid, así como los propios kibbutzim, son una metáfora del apartheid y de la colonización sionista. Además, productos culturales como este documental nos ayudan a comprender el rol tan importante de la Hasbará —la “diplomacia pública” o propaganda internacional israelí —en el proyecto colonizador sionista y en el Estado de Israel, así como sus numerosas complicidades académicas, culturales, económicas, militares y políticas dentro y fuera de nuestros territorios. Como sabe y como nos cuenta el pueblo palestino, el apartheid israelí se sostiene gracias a toda esta red de complicidades y colaboraciones. Por tanto, poner fin a este crimen contra la humanidad, como pide la mayor coalición de la sociedad civil palestina —BDS— es urgente y todo el mundo puede contribuir.

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Por: Jorge Ramos Tolosa, Liliana Córdova Kaczerginski y Aritz García Gómez.

Fuente: El Salto