Opinión | El acuerdo entre Emiratos Árabes Unidos e Israel

Los gobiernos de Estados Unidos, Emiratos Árabes Unidos (EAU) e Israel emitieron el 13 de agosto una declaración conjunta en la que anuncian el establecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos últimos. La declaración añade que “este histórico logro diplomático hará avanzar la paz en la región de Medio Oriente”. Ojalá fuera así, pero hay razones para dudarlo.

En primer lugar, a diferencia de Egipto y Jordania, los primeros países árabes en establecer relaciones diplomáticas con Israel, los EAU jamás sostuvieron una guerra con ese país. Por ende, este no es ‘stricto sensu’ un acuerdo de paz. En segundo lugar, la paz que derivó de los acuerdos de Camp David suscritos en setiembre de 1978 por Egipto e Israel solo implicó a esos países.

Meses antes de esos acuerdos, en marzo de 1978, Israel invadió el Líbano e inició una ocupación del sur de ese país que habría de prolongarse hasta mayo del 2000. Meses después de la suscripción de esos acuerdos, en julio de 1980, Israel anexó la parte oriental de la ciudad de Jerusalén (a la que diversas resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, con la anuencia de Estados Unidos, denominan desde 1967 “Territorio Palestino Ocupado”).

En 1981 Israel extendió su jurisdicción sobre otro de los territorios árabes que ocupa militarmente: el Golán sirio (decisión que, según la Resolución 497 del Consejo de Seguridad de la ONU, “no tiene efecto alguno desde el punto de vista del derecho internacional”).

Por último, en 1982 Israel invadió nuevamente el Líbano y se produjo bajo su ocupación una masacre en los campamentos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila. Es decir, no teniendo ya que preocuparse por lo que pudiera hacer el ejército más poderoso del mundo árabe (el egipcio), Israel se sintió en libertad para actuar a discreción en otros frentes.

Aclaro que no auguro un escenario tan ominoso como consecuencia del acuerdo entre los EAU e Israel, pero tampoco cabe esperar el avance de la paz prometido en la declaración conjunta. Por ejemplo, el príncipe emiratí Mohamed bin Zayed sostuvo tras su publicación que “durante una conversación con el presidente Trump y el primer ministro Netanyahu, llegamos a un acuerdo para detener cualquier anexión ulterior de territorios palestinos”.

El problema es que eso no consta en la declaración conjunta, la cual se limita a decir que, “a pedido del presidente Trump y con el respaldo de los Emiratos Árabes Unidos, Israel suspenderá la declaración de soberanía sobre áreas delimitadas en la Visión para la Paz del presidente”.

Es decir, Israel solo se comprometió a suspender la anexión de territorios palestinos (a los que, por cierto, el propio Gobierno de Estados Unidos denominaba “territorios ocupados” hasta que llegara a la presidencia Donald Trump), sin especificar un lapso de tiempo (y, como vimos, Israel anexó Jerusalén oriental menos de un año después de suscribir los acuerdos de Camp David).

El propio Benjamin Netanyahu dejó en claro los alcances que la declaración tenía para él: “No he renunciado aún a la anexión. Volveré a plantear la anexión como planteo ahora este acuerdo de paz, y jamás renunciaré al derecho de Israel a este país” (incidentalmente, si los territorios en cuestión ya forman parte de su país, ¿por qué habría necesidad de anexarlos?).

Al igual que ocurriera con Egipto, el acuerdo suscrito entre los EAU e Israel permitirá que ambos concentren su atención, antes que en la paz, en los rivales regionales que comparten.

De un lado, el régimen iraní, y, de otro, los movimientos islamistas patrocinados por Qatar y Turquía. No en vano ambos países se opusieron al acuerdo nuclear con Irán y los EAU; siguiendo el liderazgo saudí, intervinieron militarmente en Yemen, contribuyendo a crear con ello la mayor crisis humanitaria del mundo aun antes de que surgiera la pandemia del Covid-19.

Por: Farid Kahhat, analista internacional

Fuente: El Comercio