Opinión: Ambigüedad política o un arma para el día del juicio final: Por qué Abbas abandonó Oslo

Esta vez, se nos dice, es diferente y que el Presidente de la Autoridad Palestina (AP), Mahmoud Abbas, es serio en su decisión de absolver a su liderazgo de todos los acuerdos previos firmados con Israel y los Estados Unidos.

Pero esta vez no es diferente, y Abbas no habla en serio.

“La Organización de Liberación de Palestina (OLP) y el Estado de Palestina están absueltos … de todos los acuerdos y entendimientos con los gobiernos de EE.UU. e Israel … incluyendo los de seguridad”, declaró Abbas en una reunión de emergencia de su liderazgo celebrada en Ramallah el pasado 19 de mayo.

No es de extrañar que no se hayan registrado manifestaciones masivas en toda la Palestina Ocupada en apoyo de la última decisión de Abbas. Aparte de algunos leales en los medios controlados por la AP, parecía como si el hombre no dijera una palabra, y mucho menos cancelara todos los acuerdos que justificaron la existencia misma de su autoridad en el curso de casi 30 años.

La verdad es que Abbas dejó de importarle a los palestinos hace mucho tiempo. Sin embargo, para Israel, él importaba mucho, porque su autoridad ha servido como un amortiguador adicional de seguridad entre los palestinos ocupados y el ejército de Ocupación. Gracias a la “coordinación de la seguridad”, Israel pudo fortificar su ocupación en paz.

Los palestinos han perdido la fe en Abbas desde hace mucho tiempo, como lo demuestran las encuestas. Esto no es una ocurrencia repentina, sino la acumulación de décadas de fracasos y decepciones. El compromiso de Abbas con los Acuerdos de Oslo no condujo a nada en absoluto, excepto a la creación de un aparato de seguridad masivo y totalmente corrupto que existe en gran medida para “coordinar” la subyugación de los palestinos con sus opresores israelíes.

Desde su llegada al poder en 2005, Abbas y sus fieles seguidores dentro del partido Fatah se obsesionaron con su enemistad, no con Israel y los Estados Unidos, sino con los propios rivales palestinos de Abbas, dentro de la propia Fatah – Mohammed Dahlan, entre otros y, en mayor medida, con Hamas en Gaza.

Israel tuvo en cuenta principalmente los muchos discursos de Abbas en Ramallah y en la Asamblea General de la ONU en Nueva York; a pesar de toda la retórica, poca o ninguna acción siguió. Al mismo tiempo, los soldados y colonos israelíes siguieron abusando sistemáticamente de los palestinos, sin obstáculos.

Ni una sola vez las crecientes fuerzas de seguridad de Abbas (estimadas en 80.000 efectivos) se movieron para bloquear el camino de una sola excavadora israelí que demolía una casa palestina o arrancaba un antiguo olivar en la Ribera Occidental. Tampoco impidieron el arresto de un activista anti-ocupación israelí. A menudo, ellos mismos llevaron a cabo los arrestos.

Incluso mientras Israel golpeaba Gaza con bombas masivas y fósforo blanco, Abbas siguió lanzando insultos a sus enemigos palestinos. Criticó la resistencia armada de Gaza, pero no ofreció ninguna alternativa significativa a cualquier versión de “resistencia” que defendiera.

Pero si Abbas logró coexistir en estas condiciones humillantes, ¿por qué decidió cancelar los acuerdos ahora? Para responder a esto, primero, veamos el contexto político de la decisión de Abbas.

En febrero de 2015, Abbas amenazó con cortar los lazos de seguridad con Israel como respuesta a la decisión israelí de retener varios millones de dólares de ingresos fiscales palestinos, que Tel Aviv obtiene en nombre de la AP. Se hicieron amenazas similares en julio de 2017, esta vez en respuesta a las medidas ilegales de Israel en torno a los santos lugares musulmanes de la Jerusalén ocupada. Y de nuevo, en septiembre de 2018, cuando los EE.UU. reconoció unilateralmente a Jerusalén como la capital de Israel. Y, una vez más, en julio de 2019, cuando Israel demolió las casas palestinas en el Jerusalén Oriental Ocupado.

El último episodio, la amenaza de Abbas de disolver la AP, fue en respuesta al anuncio americano del llamado “Acuerdo del Siglo”.

Estas son sólo las notables amenazas que se registraron en la cobertura de los medios. En realidad, Abbas ha librado su “guerra” contra Israel en forma de amenazas interminables que siempre fueron recibidas con desdén en Israel.

La diferencia, esta vez, es que Abbas nunca ha experimentado este grado de abandono y vulnerabilidad política. Desechado por los americanos y repudiado por los israelíes, la credibilidad de Abbas está en su punto más bajo. Más importante aún, el pueblo palestino ha abandonado desde hace tiempo cualquier ilusión de que el camino de la liberación pasará por la oficina de Abbas en Ramallah.

Abrumado, Abbas decidió llevar a cabo lo que es, muy probablemente, su último acto político. Lo que suceda después importa poco, porque en esta etapa el líder palestino de 84 años no tiene nada que perder.

Cancelar el compromiso palestino con los acuerdos debería traducirse en poco sobre el terreno, teniendo en cuenta que Israel y los EE.UU. ya han incumplido su parte.

Los Acuerdos de Oslo debían ser relevantes hasta cierto punto, hasta 1999, cuando las negociaciones sobre el estatuto final debían celebrarse como último paso antes del establecimiento de un Estado palestino independiente.

Jerusalén, al igual que los derechos de los refugiados palestinos, estaba destinada a ser resuelta entonces, no a ser completamente “quitada de la mesa”, dos décadas más tarde. No se permitiría ningún intercambio territorial, y mucho menos la anexión, sin un acuerdo bilateral entre ambas partes.

Sólo dos componentes de esos acuerdos sobrevivieron a las numerosas violaciones de Israel: la “coordinación de la seguridad” y el “dinero de los donantes”, que mantenían a la AP y a su enorme -pero inútil- ejército en funcionamiento.

Ahora que los Estados Unidos han retenido todos los fondos a la autoridad de Abbas, y el nuevo gobierno de unidad nacional de Israel ha acordado, en principio, anexar gran parte de Cisjordania, Abbas se queda sin nada.

Al cancelar todos los acuerdos, Abbas y sus partidarios esperan que suenen las alarmas en Washington y Tel Aviv, sobre todo porque la interrupción de la “coordinación de la seguridad” podría resultar costosa para los colonos israelíes.

Si Abbas fuera, de hecho, serio en su anuncio, habría incluido en su discurso una clara articulación de una nueva agenda política palestina que se basa en la unidad – pero una verdadera estrategia palestina nunca fue el objetivo final del líder de la AP.

Lo que Mahmoud Abbas espera lograr, con sus últimas representaciones teatrales, es el establecimiento de un nuevo juego, basado en la ambigüedad política, para que no sea abandonado por sus partidarios occidentales, o finalmente rechazado como colaborador por su propio pueblo.

Por: Ramzy Baroud

Fuente: Telesur

Edición: Comunidad Palestina de Chile