Crónica de retorno a Palestina de un brasileño-palestino

Ya era de noche en Beit Ur Al Tahta, una pequeña aldea ubicada a unos doce kilómetros al oeste de Ramala. La temperatura se había vuelto agradable, en contraste con el calor del día, dándoles a todos un alivio merecido y una disposición renovada para caminar.

En esa época del año, que comprende la estación seca (es así durante las noches) la actividad es más intensa para aquellos que pueden escaparse del calor del día. Decidimos dirigirnos caminando a la vieja casa de familia de nuestro anfitrión, lugar que guarda sentimientos profundos y varios acontecimientos como el nacimiento del propio tío Khader.

La antigua gloria de la vieja residencia de la familia Othman había sido completamente restaurada, siendo la única de las casas tradicionales del pueblo en esa condición. No se sabe con seguridad cuántos años posee esa construcción, sin embargo, se estima que tiene más de 150 años, dada la edad de los antepasados que allí vivieron. 

Toda la casa es de piedra al estilo típico de la región, con dos pisos y un patio interno grande, rodeado por un muro de piedras. Su composición es la de un complejo de habitaciones anexo a una residencia principal y más antigua.

En ella, la disposición también es de dos pisos: el inferior antes era destinado a los animales (caballos, vacas, ovejas, etc.) y, justo encima, el piso donde dormía la familia. Esa configuración ayudaba a mantener el ambiente caliente durante el invierno, al mismo tiempo que protegía a los valiosos animales de peligros como los lobos.

En las noches de hoy en día el espacio se transforma en el lugar de encuentro de los hombres de la aldea, que usan el gran patio como un establecimiento similar a un café. Algo que impresiona mucho es la alta luminosidad debido a la capacidad que las piedras blancas tienen de reflejar la luz, dando la impresión de ser de día. El ambiente es familiar porque en esos pueblos palestinos se conoce prácticamente toda la población cuando, de una forma u otra, no son todos parientes.

Por lo tanto, al sentarnos a la primera mesa junto a la entrada del pasillo de acceso al patio, en compañía de los mayores —el anfitrión tío Khader Othman, el tío Kalil Osman, el tío Fauwzi Mustafá El Mashni y el tío Mohammed Mustafá El Mashni—, nos sorprendimos con la cantidad de primos, sobrinos, nietos y toda la especie de parientes que emergieron durante toda la noche.

A mi lado, el tío Kalil (hermano del tío Khader) preparó el arguile a su manera, sin aceptar la ayuda de los trabajadores del establecimiento. Después se quejó del tipo de tabaco argumentando que era inapropiado para un buen paladar. También protestó contra el tipo y la posición de la piedra de carbón que, según él, reseca el tabaco muy rápidamente, dejando claro que el cliente en cuestión, además de exigente, es un maestro en el arte del narguile.

El humo de olor dulzón impregnaba el ambiente. Como se trata de una aldea islámica, no hay alcohol en las mesas. En compensación, el narguile está presente en prácticamente todas. 

También era posible ver a algunas personas jugando al Tawle (backgamon) en las mesas de al lado, compenetradas con la disputa del juego y, a otras, esperando al vencedor que sería el próximo oponente. 

La bebida consumida en abundancia era el té o el café árabe, ambos con aromas y sabores propios de Palestina. Al té se lo acompaña con una hierba aromática llamada “maramia” (N. de la T.: salvia), que le da un sabor peculiar a la bebida habitualmente bastante azucarada. 

En relación al café, el sabor está impregnado de especias, que son molidas y mezcladas juntas para darle esa peculiaridad característica de la bebida palestina. El modo de preparación, que no envuelve la filtración del polvo, también es especial en toda la región árabe. El cardamomo es la especia más usada y que más se destaca, tanto en el aroma como en el sabor y es, lejos, la más tradicional y amada por aquí.

La conversación fluía entre todos. El sonido del idioma árabe invadía todos los sentidos, parecía arena que salía de la boca de las personas, lo que es comprensible para una lengua nacida en el desierto. Está lleno de matices y expresiones de significado poético, religioso y amoroso. Tiene olor a zatar y, en Palestina, gusto a aceite de oliva, ¡crean en lo que les digo!

De repente, un sonido proveniente del minarete de la mezquita rompió la noche con su llamado a Salah Isha (última oración del día). Ese llamamiento es conocido como azan, un sonido melódico apenas entonado por la voz del muecín y es el mismo desde la época del Profeta.

Fue Bilal (ex esclavo etíope) quien subió a la Kaaba en el momento más importante de la historia islámica con el Profeta vivo —la entrada triunfal en la Meca— y lo entonó. Las personas responden a ese llamado con las expresiones religiosas como Allahu Akbar (Dios es grande), Lā ilāha illā allāh (No hay más divinidad que Dios)…  aun los más jóvenes, que son la amplia mayoría. En ese exacto momento en que escuchamos toda la belleza del azan, entra al recinto un grupo de jóvenes que al vernos se dirigen respetuosamente con la salutación Salaam Aleikum  (Que la paz esté con ustedes), saludo típico de los musulmanes que remite al encuentro celestial entre los profetas Mohammed e Ibrahim (Abraham) —que la paz esté con ellos.

La aldea está rodeada de olivos. Esos árboles centenarios que conforman el paisaje de toda Palestina, y que avanzan por los patios de las casas, son el símbolo de ese pueblo. De ellos se extrae el fruto que sirve de alimento fundamental para la culinaria, así como su aceite, el de oliva, alimento también indispensable para la cocina palestina.

De los residuos de los huesos de ese proceso de extracción del aceite, salía el antiguo combustible para la calefacción de las casas. Además, los árboles muertos sirven con su madera para los más diversos propósitos. En el paisaje árido de esta época del año, el verde predominante proviene de él  —el olivo— el árbol madre de los palestinos.

En relación a la aldea, tiene su origen perdido en la historia milenaria de la región, no se sabe con seguridad cuándo surgió. Algunos defienden que fue un importante lugar de paso por las tierras palestinas desde tiempos inmemoriales, aunque nadie estime menos de 2.000 años y, algunos le den hasta 2.500 años de edad.

Además, si pensamos que, por la pequeña dimensión de toda Palestina, estamos en tierras por donde pasaron, vivieron y/o están enterrados figuras como Jesús, Abraham, Moisés, Ismael, diversos santos, etc., eso en el campo de la religiosidad, y no menos en el campo de la historia, ya que por aquí transitaron personajes y sucedieron episodios significativos para la humanidad, lo que crea y consolida en todos orgullo y robustos lazos con esta tierra.

Necesito juntar todas las piezas de este rompecabezas: la casa centenaria, el centenario narguile, el backgammon centenario, los milenarios té y café con toda su sofisticación hasta adquirir sus formas actuales, el idioma árabe milenario, el milenario azan, la milenaria siembra del olivo, la aldea palestina milenaria con intensas relaciones interpersonales, la vasta historia y religiosidad que saturan toda Palestina.

Estas piezas nos remiten a una identidad que se formó hace mucho tiempo y cargan elementos históricos y culturales anteriores a la llegada de los árabes, así como posteriores a ellos y que fueron absorbidos e incorporados por los árabes palestinos. Lo que hace esa rica historia propia, en el fondo, es generar una “cara árabe” distinta de las demás caras árabes del mundo. 

Este pueblo, a través de su larga historia, se hizo, se rehízo, se deshizo en otros, hasta culminar en su última gran transfiguración étnica en árabes palestinos, y ni siquiera ellos dejaron de absorber a su manera la historia que recorrieron hasta los días de hoy. 

La identidad palestina es parte de la respuesta a una cuestión central de la resistencia al proceso de colonización sionista: un pueblo que sabe “quién es”, que sabe cuál es “su lugar en el mundo” y que tiene “raíces profundas en ese lugar” no se deshace fácilmente.

Una de las premisas centrales del colonizador sionista, como de todas las otras colonizaciones similares europeas, era la de la inferioridad del colonizado. Fue así en África, Asía y América. En el caso específico de Palestina, los sionistas creían que al expulsar a los árabes palestinos de sus casas, aldeas, ciudades, tierras…, a través del terror y de la violencia, ellos, por su parte, dejarían de existir en dos o tres generaciones como máximo.

Apostaban a que los palestinos se transformarían en un “árabe genérico”, sin características propias, que terminarían en el exilio en carpas de refugiados o disolviéndose en términos de identidad en el inmenso “mar de árabes” que los circundaba, fuera en el Líbano, Siria, Egipto, Irak, países del Golfo o en Jordania. 

El colonizador sionista, prepotente e incapaz de ver grandeza en el otro, cometió un gigantesco error de previsión y lo que hemos visto en estos más de 70 años desde la Nakba, ha sido que la identidad palestina se ha fortalecido y adquirido contornos claros y definitivos ante la presencia del invasor extranjero.

La fuerza que Israel ha empleado y emplea contra el pueblo palestino es inmensa, brutal, descomunal, un monstruoso gasto de fuerzas no comparable con las otras colonizaciones del siglo XX, con el objetivo claro de aniquilar al pueblo originario.

Ellos esperaban, por lo tanto, que el resultado fuera la extinción del árabe palestino, pero la historia ha mostrado la resistencia inquebrantable de ese pueblo. Puedo decir más aún, los palestinos terminaron por desarrollar una identidad vinculada a la resistencia distinta a la de los demás árabes, al punto de que hoy son más politizados y con un elevado nivel de escolaridad en relación a toda la región.

Es en los campos de refugiados fuera de Palestina donde se da la prueba más fuerte de esa resistencia inquebrantable, las generaciones y generaciones que se suceden no se ven a sí mismas como “árabes genéricos” o pertenecientes al país en que se encuentran. Todos tienen claro que son palestinos, tienen claridad sobre su identidad, claridad sobre la tierra a la que pertenecen y la claridad de que volverán a ella —insha’allah— en breve. El pueblo palestino es el mayor obstáculo al sueño del colonizador sionista y, día a día, en la lucha de resistencia se afirma como su mayor pesadilla y será, más tarde o más temprano, su principal verdugo.

Por: Yasser Jamil Fayad, Jamil Abdalla Fayad y Khader Othman

Fuente: Comunidad Palestina de Chile