OK

Actualidad / Opiniones

Hagit Yaso y la estética del mal que devasta Palestina

17 00:00:00/05/2018


Hayit Yaso es una celebridad del pop en Israel y su interpretación de Hallelujah de Leonard Cohen -en la polémica inauguración de la embajada de EE.UU. en Jerusalem- ha provocado un gran dolor entre los seguidores del poeta y cantante canadiense, pero sobre todo entre quienes creen en la defensa del derecho de la nación Palestina a tener su propio Estado.

Mientras ella canta en medio de la parafernalia de un "reality show", en la Franja de Gaza las sirenas traen el anuncio de la muerte. Y es que los ciudadanos palestinos están inermes frente al triunfo de la ética política del mal que se ha desplegado estratégicamente desde que Obama dejara la Presidencia de EE.UU.

En pocos meses, la política exterior desde Washington pavimentó un camino para lo que ha llamado el nuevo trato con las derechas israelíes. De moderados a ultras, son todos bienvenidos. De un día para otro, el reino de Israel de los 4000 años -que no Estado- planteado por el expansionista Primer Ministro BB Netanyahu y fomentado por Trump se tomó la escena geopolítica de Oriente Medio. Un reino, un territorio sagrado y un ius sanguinis o raza que conforman el acervo téorico para dar sustento al derecho a cambiar de capital, vulnerando las resoluciones de la ONU, desentendiéndose del Estatuto de Jerusalem y desconociendo las concesiones en la historia de las tratativas desde la guerra de los 6 días.

Un reino, ciertamente, que no es tan distinto a los mil años del Tercer Reich y su aparatoso sistema legal que automatizó la limpieza racial y la guerra a fin de procurar la impunidad y la debacle moral de sus propios agentes. Salvo por un importante eje estructural: el Nacional Socialismo de Hitler miraba al futuro, igual que la lírica de la canción "Tomorrow belongs to me" del musical Cabaret (1972); en cambio, Netanyahu y su estrategia coronan el pasado con sentido supremacista y despojándose de su propia historia tras el Holocausto. No todo Israel ni todo judío o sionista es un criminal, ni mucho menos. No obstante, todo aquel a quien laceren estos hechos está llamado a reflexionar y a no ceder ante la espiral de la estética política del mal.

En esta puesta en escena de anulación de la normativa universal contra los crímenes de guerra y de lesa humanidad, seguir tolerando la permanente vulneración de un territorio ocupado por medio siglo; promover la incitación al odio y la violencia política agudizada tras el levantamiento de muros y su arquitectura desde el 2007; y acusar de terrorismo a cualquier actividad política en Gaza y Cisjordania entre Hamas y la Autoridad Nacional Palestina, no es solo responsabilidad de las autoridades palestinas, sino de la comunidad internacional y los liderazgos políticos locales. Por ejemplo, Chile no debiera sentirse indemne de las esquirlas de las balas y misiles que infligen dolor por estos días o que asfixian las aspiraciones democráticas, de derechas y de izquierda, de las víctimas. La visita la semana pasada de Mahmud Abbas y la escasa repercusión entre los partidos políticos, hoy todos conmovidos en la prensa digital por estos hechos; el gobierno de Concertación Nacional del 2014 ubicado en Ramala que imitaba el paradigma transicional de la Concertación de los tiempos de Aylwin; o la tibia participación de Chile en el Consejo de Seguridad cuando se desarrolló la operación Margen Protector para exigir la intervención y un plan de Paz a las autoridades de Tel Aviv, son casos que merecen mayor atención. El problema es que escasamente se invoca el derecho internacional y su doctrina humanitaria de la responsabilidad internacional de proteger o la persecución penal internacional en contra de los crímenes sistemáticos de agentes israelíes. Esa precariedad discursiva e ideológica entraña una miserable abdicación moral, en especial en la izquierda y en sectores humanistas cristianos, donde se ha normalizado el martirio y el trato de indignidad a un pueblo que no tiene por qué aceptar la reactualización de la tesis del espacio vital. ¿Cuál será el próximo paso? ¿Una segunda solución final?
Hagit: la bambola del emporio Vestida y maquillada con los productos de venta 'low cost' de Ivanka Trump ?hoy devenida en la infanta de la corona norteamericana fundada por su padre?, la intérprete y refugiada etíope desplegó su actuación con total desembozo: su presencia y su voz han sido elegidas no sólo para combinar en la escala de colores con el vestuario de la heredera norteamericana, sino para ser el objeto y la ofrenda artística en honor al reino de Israel y su capital, ?la verdadera e histórica, Jerusalem?. Así lo ha planteado la espléndida hija favorita del Presidente. De esta manera, mientras la melosa voz de Hagit mezclaba los versos en inglés y en hebreo de la obra de Cohen, la escena de evangelización 'cristiana' se tornaba un espectáculo vergonzante, inmoral y falso.

Ella es la bambola, la joya de los evangélicos y cristianos que protagonizaron esa afrenta de la estética política del mal. La vergüenza que provoca al público en las redes digitales no es una minucia política: al servicio de dos gobiernos de derechas que transitan entre el fascismo y el liberalismo sin aspavientos, y en plena efervescencia del feminismo global, está una joven y exitosa mujer que pertenece a una minoría azotada por sucesivas crisis humanitarias. Sin embargo, no le importa integrar esa red de servidores de líderes que desdeñan los derechos humanos. Mismas prerrogativas que le fueron conculcadas incluso antes de nacer.

A su vez, la inmoralidad de su música no está en la letra que alude al rey David, sino en el hecho de desdeñar la memoria de las víctimas de la ocupación y el abuso de los gobiernos de la derecha israelí. Justo siendo ella representante del cristianismo se despoja de los principios básicos del humanismo cristiano y social cristianismo, que no son otros que la misericordia y la universalidad de las prerrogativas fundamentales. La falsedad de su participación, por último, es la de colaborar con un canto contemporáneo e inspirado en el alma de un poeta de izquierda, para dotar a una estética y ética política (del mal) de un elemento cultural que nada tiene que ver con las expresiones del fascismo allí desplegadas. La ética que sublima la falsedad política Suenan y suenan las sirenas en la denominada frontera de Gaza. Unas anuncian los ataques, otras son las ambulancias que socorren a los manifestantes. La fecha es emblemática: se conmemoran 70 años de la Nakba, el mayor acto de desplazamiento forzado que se haya cometido bajo el alero de Naciones Unidas y en condiciones de excepcional parcialidad. Acuerdo político que devino en una solución de innegable vulneración permanente de los palestinos que aún pesa sobre ella y su constante lucha por mantener una gobernanza universal de derechos humanos. También es la infame fecha elegida para la inauguración de la nueva embajada de EE.UU. en Israel, su reconocimiento de facto al cambio de capital de Estado.

Las fuerzas militares de Israel despliegan allí un ataque desproporcionado, violento y contrario a la normativa humanitaria contra los palestinos que llevan semanas invocando su legítimo derecho humano al retorno, a la memoria y a ejercer la libertad de conciencia política y religiosa para construir su propio Estado. Ha sido calificada esta jornada como la más violenta y sangrienta operación de la Defensa israelí desde las masacres del 2014 que integraron Margen Protector, una guerra que hasta ese momento quebrantó todo orden diplomático y penal internacional.

En la primera hora mueren 41 personas, entre ellos una veintena de niños y adolescentes. Otros van falleciendo con el paso del día hasta completar 60. Los lesionados directos y graves se calculan en más de 1600 y los heridos leves en más de 800. Eso según los organismos de la diplomacia humanitaria, en tanto el Ejecutivo hebreo habla de escasas bajas humanas y de una exitosa ?contención a la insurgencia? basada en el uso selectivo de bombas lacrimógenas, y uno que otro disparo disuasivo.

La prensa ha documentado, en cambio, una jornada de asedio exhaustivo y perplejidad mundial. El recogimiento y la emotividad de la cantante difundido por los medios afines a los Trump y al exultante BB. Netanyahu, como si fuera una de las Kardashian invocando poderes divinos en su cántico en el Super Bowl, contrastan con las evocaciones de Ahed Tamini, la joven palestina de 17 años aún detenida en un recinto militar; o, peor aún, con la de Laila al-Ghandour, la niña de 8 meses que murió víctima de los gases de bombas lacrimógenas, pese a encontrarse a más de un kilómetro de la línea de vanguardia atacada. Al finalizar su presentación, la chica es ovacionada y sonríe ante su nuevo referente de la realpolitik del feminismo liberal: la magnánima 'asesora senior' de su propio padre, la señora Trump Kusher. Hagit ya eres una triunfadora, no de realities, sino de la voluntad de este tan ad-hoc reino de la derecha de Israel.

Desde luego, que Leonard Cohen, es otra más de las víctimas de este espectáculo. El canadiense jamás habría participado de la mascarada de una barbarie y de su disfraz reivindicativo de la memoria ancestral de un pueblo al cual pertenecía por herencia y por amor. Era un demócrata, un defensor de la libertad política y de los derechos a la memoria de los oprimidos, en especial de la nación Palestina. Con Hagit y la transmisión en directo del corte de cintas, de los discursos, y los desfiles de sonrientes políticos en la nueva Embajada norteamericana, asistimos a la coronación del nuevo paradigma de la derecha global: la falsedad ideológica e histórica sublimada como ética, pero una ética del mal.

Por: Giovanna Flores Medina

Fuente: El Mostrador