Opinión: El “Acuerdo del Siglo”, Make Palestine Weak Again

El llamado “Acuerdo del Siglo”, propuesto por Trump para la reconciliación entre Palestina e Israel, no ha tenido el éxito esperado por la Casa Blanca. De hecho, la situación de estancamiento de este longevo conflicto puede haberse incrementado. La tibia respuesta de la comunidad internacional, la división interna en la política palestina, y la fortalecida relación entre Israel y Estados Unidos han desnivelado todavía más una balanza que lleva años inclinada hacia el bando israelí.

“Los palestinos han perdido toda su credibilidad”. Con estas palabras respondía Jared Kushner, asesor de la Casa Blanca para Oriente Próximo y yerno del presidente Trump, a la negativa de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) al llamado “Acuerdo del Siglo”. Mahmud Abbas, presidente de la ANP, calificó el acuerdo de “bofetada del siglo que acabará en el basurero de la historia”, respuesta que, sin embargo, ha sido recibida sin sorpresa por el resto del mundo.

Las condiciones en las que se llegó a la presentación del acuerdo el pasado 28 de enero en Washington no presagiaban un gran éxito al proyecto de política exterior más ambicioso de la Administración Trump. El traslado de la embajada estadounidense a Jerusalén y su reconocimiento como capital de Israel; el recorte del apoyo económico a la ANP y a la misión de la ONU de ayuda a los refugiados palestinos (UNRWA); la clausura de la sede diplomática palestina en Washington, y el reconocimiento de la anexión de los Altos del Golán ocupados son algunos de los motivos por los que el gran acuerdo ha nacido muerto.

Un acuerdo a la medida de Israel

Pese a las expectativas generadas durante estos últimos años por la Casa Blanca, el acuerdo presentado es de todo menos novedoso. Algunas de las soluciones propuestas en el “Acuerdo del Siglo” son meras adaptaciones de las ideas de Ariel Sharon, primer ministro israelí entre 2001 y 2006, y de las propuestas anunciadas durante la última década por el actual primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, amigo personal de Kushner.

Posiblemente lo más sorprendente del acuerdo a simple vista son las fronteras propuestas para ambos países. El futuro Estado palestino se convertiría en un conjunto de enclaves en forma de bantustanes sudafricanos: sin continuidad territorial, conectados a través de túneles o puentes y cuyo territorio total se reduciría al 15% de lo que era Palestina durante el mandato británico. Esta división territorial se explica porque, según lo expuesto en el acuerdo, los asentamientos israelíes en Cisjordania se convertirían en territorio oficial israelí, a pesar de que han sido denunciados reiteradamente por la comunidad internacional y de que son ilegales a ojos del derecho internacional. En compensación, Palestina recibiría una zona del desierto del Néguev.

Otra cuestión interesante es la relacionada con la soberanía real que tendría el futuro Estado palestino y su dependencia de Israel. En el documento se especifica que el Estado de Palestina no tendría ejército y su seguridad estaría a cargo de Israel, justificando esta decisión en que así los palestinos se pueden ahorrar el dinero en defensa y gastarlo en atención médica, educación o infraestructuras.

En lo relativo a la compleja cuestión de los refugiados, el acuerdo deja claro que es un problema exclusivamente palestino. Los refugiados palestinos tendrían tres opciones: reasentarse en el futuro Estado palestino, quedarse en el país en el que están o irse a otro país que quisiera acogerles. En este apartado se usa una retórica especialmente dura, y se puede leer que “los refugiados palestinos han sido colectivamente crueles y cínicamente se han mantenido en el limbo para mantener vivo el conflicto”. Lo que sí se deja claro este apartado es que los refugiados palestinos no se podrán reintegrar de ninguna manera en el Estado de Israel.

Un punto que ha suscitado también grandes críticas ha sido el relacionado con el acceso al agua. Durante todos los acercamientos, acuerdos y reuniones que se han dado a lo largo de los más de setenta años de conflicto, la cuestión del agua ha sido fundamental.

La disposición territorial propuesta en este nuevo acuerdo alejaría al Estado palestino del río Jordán, el mar de Galilea, el mar Muerto y los grandes acuíferos de la región. La escasez de agua, que es un problema tanto en Gaza como en Cisjordania, no solo no se resolvería, sino que se incrementaría. En Gaza, por ejemplo, el 90% del agua no es apta para consumo humano, y el agua del mar está invadiendo el único acuífero presente en la zona. Pese a ser un punto esencial, esta cuestión es tratada en el documento en media página en la que únicamente se especifica que las partes se comprometen a colaborar en este asunto.

De las 181 páginas que componen el “Acuerdo del Siglo”, solo las cincuenta primeras hablan de todas estas cuestiones, donde también se estipula la cesión de los Altos del Golán sirios a Israel y se determina que la futura capital israelí sería Jerusalén. Por el contrario, la capital de Palestina se situaría en Abu Dis, un suburbio de Jerusalén Este que está separado del resto de la ciudad por un muro construido por Israel. Además, el reconocimiento de Palestina como Estado por parte de Estados Unidos e Israel se trata de una manera ambigua en el documento, y queda condicionado a las futuras negociaciones entre palestinos e israelíes, que podrían alargarse varios años, y al cumplimiento expreso de una serie de requisitos detallados en el acuerdo.  

El documento da un gran peso al marco económico, que ocupa la mitad del texto. En este apartado, se compromete a los palestinos una inversión de 50.000 millones de dólares en los próximos años, que serían aportados sobre todo por países del Golfo aliados de Washington, entre otras medidas. La Administración Trump esperaba convencer así a sectores de la población palestina o, al menos, generar dudas y división interna entre los palestinos sobre la conveniencia de aceptar el acuerdo. Sin embargo, y pese a la complicada situación palestina, el rechazo al acuerdo ha sido unánime.

La desunión palestina

Cuando falleció en 2004 Yasser Arafat —primer presidente de la Autoridad Nacional Palestina y uno de los artífices de los Acuerdos de Oslo de 1993—, el complejo liderazgo palestino saltó por los aires. La llegada de Abbas a la presidencia de la ANP en 2005 y las crecientes diferencias entre los nacionalistas de Fatah —la facción dominante dentro de la ANP— y los islamistas de Hamas acabaron desembocando en una ruptura total. En las elecciones palestinas de 2006, la rama más moderada de la ANP perdió su liderazgo en la Franja de Gaza en favor de Hamas, lo que generó unas tensiones que acabarían con la expulsión de Fatah de Gaza y con los islamistas gobernando ese territorio palestino desde entonces.

Tanto Fatah como Hamas se han acusado durante estos años de empeorar la ya complicada situación en Palestina. Las denuncias de torturas a ambos grupos y las sanciones económicas impuestas por la ANP a Gaza han generado un problema más a los palestinos. Pese a los acercamientos que se han dado desde 2017, la crisis humanitaria que se vive en Gaza y Cisjordania no ha cambiado demasiado. Que las movilizaciones surgidas tras el anuncio del “acuerdo del siglo” no hayan sido masivas en Palestina son una consecuencia directa de la descomposición de la política palestina. Los líderes ya no son capaces de generar grandes apoyos populares y son incapaces de consensuar un camino a seguir para acabar con el conflicto.

¿En qué posición quedan los palestinos?

La reacción de la comunidad internacional ha sido en su mayoría contraria al acuerdo. Sin embargo, la tibieza con la que se han manifestados algunos Estados árabes pone de manifiesto la pasividad de la gran mayoría de países ante el conflicto palestino-israelí. A la presentación del acuerdo en Washington acudieron representantes de Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Omán, y tanto Egipto como Arabia Saudí han aplaudido el gesto estadounidense. El giro de Arabia Saudí, que ha perdido interés en la situación de Palestina y se ha acercado a Israel, puede tener consecuencias en la lucha por el liderazgo regional, ya que Irán ha aprovechado para posicionarse de forma clara en favor de los palestinos, tomando posición frente a tres de sus grandes enemigos: Estados Unidos, Israel y Arabia Saudí.

Así, el “Acuerdo del Siglo” se ha convertido en un nuevo intento fallido. No es descartable, sin embargo, que muchas de sus propuestas se acaben convirtiendo en realidad a través de una política de hechos consumados. Cada nuevo plan que se presenta llega con un mapa de Palestina más reducido; si no se alcanza un acuerdo pronto, el territorio palestino acabará siendo absorbido por un Israel que ve como su avance no encuentra freno.

La debilidad de los palestinos les pone en una posición muy delicada. El desinterés global por el conflicto hace difícil pedir acciones contundentes al resto de países, y más teniendo en cuenta que dependen económicamente de muchos de ellos. La falta de una respuesta internacional, la división interna en la política palestina y la fortalecida relación entre Israel y Estados Unidos presagian una resolución del conflicto muy poco favorable para ellos. 

Varios son los cambios de Gobierno que podrían darse en 2020 que podrían afectar a la situación. Por un lado, el juicio a Netanyahu por corrupción y la celebración de las terceras elecciones en menos de un año podrían traer un nuevo primer ministro a Israel por primera vez en una década. No obstante, esto poco o nada cambiaría en la relación entre Israel y Palestina, ya que los grandes partidos políticos israelíes tienen un discurso muy similar ante el conflicto.

Por otro lado, Donald Trump opta a la reelección en noviembre y su victora no es descartable en estos momentos. Una victoria demócrata podría revertir algunas de las posiciones más radicales del acuerdo, pero tampoco supondría un cambio radical en la postura estadounidense: parte del sector Demócrata también es proisraelí.

Por último, la ANP ha anunciado su intención de celebrar elecciones tras más de catorce años, aunque todavía no hay una fecha propuesta. De suceder, sería un paso importante hacia la reconciliación entre Fatah y Hamas. Con todo, y más allá de la incógnita sobre el liderazgo palestino, las opciones que tienen los palestinos de cara al futuro son pocas. Lanzar una campaña de presión a nivel internacional no sería muy efectivo dada la debilidad actual de la ANP. Podrían convocarse movilizaciones masivas en Palestina o incluso una nueva intifada, pero este escenario parece improbable teniendo en cuenta la desmovilización política de los palestinos y la división interna que sufre su clase política. Aunque se encuentran en una posición muy adversa, el primer paso hacia el resurgimiento de la causa palestina pasa por la unión de sus fuerzas y su capacidad de resistencia.

Por: Carlos Palomino

Fuente: El Orden Mundial